miércoles, 29 de mayo de 2013

Cuando resulta imposible escapar del destino

“Mira si yo te querré” le susurra al oído Santiago San Román a Montserrat Cambra, sin saber que con el estribillo de aquella canción estaba sellando su futuro para siempre. “Mira si yo te querré” (Premio Alfaguara, 2007) es también el título de la novela de Luis Leante que relata la historia de amor entre dos adolescentes de diferentes clases sociales en la era de Francisco Franco y las consecuencias que ello les acarrea.

Y todo termina mal: un embarazo no deseado, una infidelidad no concebida como tal y un verano que llega a su fin, acaban con la ilusión de sus protagonistas.

Tras largos meses recluida lejos del hogar para esconder al hijo que espera y luego de perderlo en un aborto espontáneo, Montserrat continúa con su vida: se gradúa de médico, contrae matrimonio con un joven doctor y consolida su carrera profesional. Disfruta así de lo que –para muchos– siempre le correspondió, un exitoso porvenir. El paso del tiempo y la comodidad de su día a día la ayudan a olvidar su amor de juventud y suponer que quedó enterrado en el pasado, para siempre. Grave error. El tiempo ayuda, pero nunca se debe confiar del todo en él, porque cualquier arista del presente le servirá para recordarnos que estamos construidos de historias, puras y llanas historias.

Varios kilómetros al sur, Santiago no corre la misma suerte. Sin padre, con una madre al borde de la locura, sin un pasar económico que le asegure el futuro y ante la negativa de Montserrat de corresponder sus sentimientos, decide enrolarse y cumplir el servicio militar en el desierto del Sahara. Lejos, bien lejos de la niña que le come el coco y cerca, muy cerca de la aventura sin pauta ni guión.

Pasan los años y el azar irrumpe para remover aguas estancadas. Una fotografía que cae en manos de Montserrat gatilla su necesidad de encontrar al joven Santiago –al que creía muerto– y emprende un viaje a Marruecos. Con el árido, pero hermoso paisaje de la ex colonia española de esa región del África sahariana, caerá en cuenta de que la tragedia y la locura se unen para testificar –una vez más– que el horror de la guerra arrasa con lo que encuentra a su paso, sin consideración: en el campo de batalla todo lo que se mueve es el enemigo y al enemigo hay que eliminarlo, sin piedad.

En “Mira si yo te querré”, aunque sus protagonistas lo intentan alejándose de él con fuerza y por algún tiempo, ninguno de los dos logra escapar a su destino. Y esa es quizás la peor sentencia que se pueda recibir.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Esa que nos facilita la vida

CHILE BICICLETA (Editorial Aguilar) es más que un libro. Es el testimonio de todos los que creemos que las bicis son un factor de cambio para lograr un mundo mejor. Es ser testigo presencial del momento en que nació la idea y ver cómo su autor trabajó tenazmente durante meses hasta concretarla. Es ser más hábil que el automóvil con personalidad de Terminator que supone que él es el único dueño de la calle. Es adentrarse por caminos desconocidos creyéndose el Cristóbal Colón del nuevo siglo. Es tirarse cerro abajo, soltar manubrio y pedales y no entender cómo se llega a destino sin el menor rasguño. Es transpirar intentando subir una cuesta – más empinada de lo que aparenta – en tu bici sin cambios. Es recordar esas tardes de verano recorriendo las calles junto a tu hermana arriba de bicis idénticas. Es aceptar que el casco es fundamental a la hora de penetrar la fauna de buses, micros, autos y peatones. Es un pequeño homenaje a la primera cleta: esa extremadamente maniobrable mini de color azul eléctrico. Es sentir el viento rozando tu rostro y suponer que esa es una de las más cercanas sensaciones de libertad que se pueden experimentar. Es rendirle honores a ese artefacto lindo y práctico que nos facilita la vida. Es adelantar el taco de la tarde con los ojos brillantes sintiéndose una ganadora. Es recibir de regalo una hermosa bicicleta de paseo demasiado grande, incluso a medida que pasan los años. Es preocuparse de enchularla hasta que se parezca tanto a ti como para que nadie más la desee. Es organizar paseos bajo el lema “salimos juntos, llegamos juntos”. Es saber que cada bici es única. Es superar la meta anterior y sentirse orgullosa del posterior cosquilleo en las piernas. Es recordar a quien más te instó a que aprendieras y te acompañó en tus primeras salidas cuando el zigzag revelaba que eras una primeriza. Es un pequeño gesto a aquellos que perdieron la vida en manos de un conductor imprudente. Es eso y mucho más. Comprenderán ahora por qué me siento tan orgullosa de ser parte del libro CHILE BICICLETA, con mi crónica “Buenos Aires en bicicleta”. Imperdible.

lunes, 1 de abril de 2013

Sin terraza no hay paraíso


Era uno de mis sueños desde que me mudé al departamento que hoy ocupo y donde acabo de cumplir dos años. Una mesita en la terraza se perfilaba como el escenario ideal para capear las tardes de domingo. Con ubicación hacia el sur, mi hogar suele ser bastante helado durante el invierno, pero en el verano se agradece el aire fresco que permite disfrutar el atardecer que cae en el gran Santiago. 

Ese día, después de una extensa travesía por el Homecenter de Estación Central, donde debimos enfrentarnos en una cuasi batalla campal para conseguir el último producto en existencia, y de un regreso más largo aún, debido al taco de las siete de la tarde, logramos instalar la mesita junto a sus respectivas sillas y destapar unas cervezas por misión cumplida.

La foto me la tomaron cuando ya había desaparecido el atardecer y la noche caía sin discriminar, de ahí la mantita que me cubre y la cara de tuto por el sueño que se avecina.

domingo, 24 de febrero de 2013

Viejo lobo de mar

Prólogo del libro "El último manual de los bebedores de Tito Matamala", de Lolitas Editores, año 2012.

Tras años intentando sanar las penas en infinitos brebajes, Tito Matamala, penquista por adopción, contactó a un editor de Santiago mediante carta – aquel viejo sistema – para proponerle escribir un libro sobre copetes y cantinas. Era el verano de 1998. ­Al fin y al cabo, si algo había aprendido en las eternas noches de botellas era a distinguir los tipos de alcoholes y sus respectivos bebedores. Y, una vez más, el destino y el azar confabularon en su favor: después de cuatro meses de extravío, y con casi todas las esperanzas perdidas, la misiva llegó a puerto y el editor dio señales de vida. Quería ese libro: “Manual del buen bebedor”.

Así podría resumirse el comienzo de estas publicaciones bebestibles, de las que hoy celebramos su quinta versión. Sin embargo, la idea había nacido mucho antes. En la novela “Hoy recuerdo la tarde en que le vendí mi alma al diablo”, de 1995, Tito anuncia, por primera vez, sus intenciones de plasmar sus conocimientos como una guía para quienes recién se adentran en estas lides. Dice el narrador: “Fue en el Vittorio donde con Claudio Solo proyectamos escribir el Manual del Buen Bebedor, a fin de que la experiencia acumulada se conserve para futuras generaciones de borrachos”.

Ante le pregunta de cuál sería hoy su principal consejo, Tito no demora en responder enérgicamente que siempre se debe evitar caer en el romanticismo absurdo de consumir cualquier porquería, como el mezcal o el licor de ajenjo. Para el autor, beber tiene más relación con el acto de saber disfrutar de la vida: “los buenos bebedores son quienes no se cambian de caballo y son capaces de degustar de un buen vino reserva. Y nada más”.

Aunque no todos los libros lograron fortuna, hubo uno que permitió que, por única vez, el nombre de Matamala apareciera en los rankings de los más vendidos. Y si bien la presente edición pasa a incrementar el mito de viejo lobo de mar, Tito anuncia que éste será el último libro sobre copetes que escriba y publique. En sus palabras, “no quiero seguir sacándole más manteca al tema”. 

Hoy, Matamala reconoce que está retirado de las pistas, pero eso no evita que aún lo desafíen, cual pistolero del viejo oeste, para medir fuerzas frente a unos whiskys, los veteranos. Unas piscolas, los estudiantes. Y unos terremotos, los imberbes que no respetan sus hígados. Pero Tito es enfático, ya no cae en esas trampas: “maduré”, declara. Al menos podrá degustar el sabor de la victoria: jugó en las grandes ligas y supo retirarse a tiempo.

sábado, 14 de julio de 2012

¡Tuto quiere el pueblo!



Aunque me cueste reconocerlo, Morfeo es mi principal amigo-enemigo, una especie de “amigas y rivales” (amo y odio mi facilidad para dormir), mezclada con amigo imaginario (no he visto su cara, aunque tampoco lo he intentado) y unas gotitas de amiguita pastel (de esa que llama para contarte que la patearon por fresca justo cuando estás celebrando tu aumento de sueldo). 

En fin, la cosa es que todos los días –incluyendo sábados, domingos, feriados nacionales, año nuevo chino y natalicio del babyjisus– Morfeo ataca mi cama, apaga las cuatrocientas alarmas del celular y repite a mi oído “cinco minutitos más, cinco minutitos más e igual alcanzarás a llegar”. Definitivamente, los políticos deberían contratarlo como jefe de campaña: por primera vez en la historia convencerían a toda la población, incluyendo a los que aún no nacen, y ganarían por goleada. Aunque, pensándolo bien, mejor no.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, ya ha transcurrido una bendita hora –realmente bendita– y sólo tengo 30 minutos para ducharme, vestirme, maquillarme y tomar desayuno. Comprenderán que, en el preciso instante en que salto de la cama, comienza mi análisis para descartar lo menos importante, y siempre llego a la conclusión de que, salvo el desayuno, los otros son ineludibles.

Una vez que ya voy rauda por la calle, es clásico percatarme de que olvidé el celular en el campo de batalla –alias cama– y que apenas llegue al trabajo deberé enviar mails y señales de humo para que no cunda el pánico entre quienes me quieren. Si no, corro el riesgo de que llamen a las fuerzas especiales para que dirijan una operación de rastreo por todo Santiago, y eso sería bien triste, ya que los soldaditos de verde harto trabajo tienen dispersando a los amigos del cobre, del litio, de la Patagonia, de la educación, de la pesca artesanal, los anti metro, y, realmente increíble, los anti frío. O peor aún, que envíen a un agente de la CIA directo a tu departamento para comprobar que todavía sigues con vida. Créanme, ya me sucedió una vez, y los cachetitos rosados de Betty Boop no me los quita nadie.

A medida que me acerco al trabajo observo cómo todos corren mirando el reloj, con un café en la mano y una cara de angustia anteponiéndose al reto que les propinará el jefe –si es que éste alcanzó a llegar antes– puesto que, al parecer, el dios del sueño me engaña con varios. Por eso estoy pensando seriamente en reclutar a sus opositores para que organicemos la primera marcha anti despertador. “¡Tuto quiere el pueblo!” dirán los carteles. 

jueves, 12 de julio de 2012

Toda la culpa es de Dante


  Ni idea porqué fui yo – eso se le debe preguntar al destino que, en este caso, y en todos los casos, tiene mucho que aportar –, pero todo fue culpa de Dante Alighieri y su búsqueda inalcanzable por encontrar a esa mujer que le traería un poco de paz a cambio de un paseo eterno por el infierno.

  Me bautizaron como Beatriz gracias a la supuesta grandeza de la enamorada del autor de “La Divina Comedia” y con ello decidieron mi futuro antes de que me dignara a posar los pies en este mundo.

  Analizar la obra de Alighieri fue una de las tantas tareas universitarias que debió enfrentar mi mamá y, al encantarse con el personaje de la prometida, decidió honrar al italiano nombrando a su primera hija como tal. Debieron pasar varios años hasta que su primogénita naciera, pero el azar le exigió esperar un tiempo más – tiempo que sin duda podría haber sido infinito – antes de cumplir su objetivo. La tardanza terminó el 22 de junio de 1986, fecha en que llegué a revolucionar el pequeño mundo de mis padres y quizás, tal vez, algún otro. 

  Para una niña pequeña que recién comienza su camino, Beatriz es bastante duro, por lo que durante gran parte de mi niñez y adolescencia obedecí al cariñoso diminutivo de Beíta. Nada podía ser tan terrible cuando me llamaban así y escuchar a mi papá pronunciarlo era el mejor antídoto ante cualquier maña o pena infantil.

  Mi poco gusto por el colegio y las obvias razones que imposibilitaban a los profesores a nombrarme con mi entrañable diminutivo, acrecentó la muralla imaginaria que poco a poco fui construyendo y que dividía mi existencia en dos: Mientras Beatriz pasaba gran parte del día jugando el rol de alumna atenta y responsable; en la casa, Beíta recibía atención y cariño a mansalva, sin la más mínima dosificación.

  Con el paso de los años, el mapa del hogar cambió y ya no importó cómo me llamaran. Ahora debía enfrentarme a la realidad y ante ella me presentaba como Beatriz, a secas, porque realmente ningún otro nombre se antepone a mi apellido.

  Tiempo después, sin esperarlo, un nuevo apodo llegó a mi vida. Cual bailarina brasileña, Parcetiña irrumpió con todo el cariño que podía desear, y Parcetoña es uno de sus derivados que quedó plasmado para la posteridad (en un libro).

*Pintura de Henry Holiday titulada "Dante se encuentra con Beatriz en el Puente Santa Trinita".

domingo, 19 de febrero de 2012

Esos entrañables momentos del pasado


Quizás mi memoria me traicione, pero la primera vez que los vi fue en una exposición de juguetes antiguos que se realizó en La Moneda y, siendo sincera, me parecieron simples cartones con dibujos por lo que no les presté mayor atención. Al lado de coches antiguos, muñecas de principio de siglo y todo tipo de artefactos de madera, los Recortables Royal no lograban gran protagonismo.

Debieron contarme un par de historia para caer en cuenta que esos simples cartones –como me parecieron en un comienzo– eran los antecesores a aquellas cartulinas diseñadas que en más de una ocasión me facilitaron el trabajo en las clases de Técnico Manual, cuando aún cursaba la enseñanza media.

Con las lágrimas a punto de brotar, mi interlocutor comenzó a relatarme cómo, en su más tierna infancia, esos eran los tesoros más preciados que podían llegar a obtener, por los que eran capaces de privarse de golosinas y ahorrar durante semanas el vuelto del pan para adquirir uno y luego armar, con suma prolijidad, cada una de sus piezas.

Mientras escuchaba esas anécdotas, inundaron mi memoria las imágenes de niña, cuando junto a mi hermana, jugábamos tardes enteras a cambiar el orden de nuestra habitación para crear distintos refugios. Guardando las proporciones, supongo que debieron ser bastante similares las emociones de cortar y pegar para confeccionar esas viviendas con las de mover camas y cómodas para organizar un nuevo cuarto.

Varios meses después, los Recortables Royal volvieron a protagonizar una conversación. Con brillo en los ojos, una amiga nos narraba el descubrimiento de una librería que, detenida en el tiempo, aún los comercializaba. Sin pensarlo mucho y siguiendo todas sus instrucciones, me dirigí a la Avenida Matta para comprar de regalo un par de ejemplares.

Me costó dar con el local, sin ningún letrero publicitario pasaba completamente desapercibido entre el resto de los almacenes, pero apenas lo encontré y me enfrenté a sus vitrinas, entendí  que estaba ante un pequeño pedazo de nuestra historia. Tras tocar el timbre e ingresar, comprobé que cada uno de los objetos a la venta, incluso el papel para forrar cuadernos escolares, merecían un lugar destacado en las ferias de antigüedades. La librería era, definitivamente, el sitio ideal para los encargados de ambientar películas y series basadas en décadas pasadas.

Antes de marcharme, decidí  llevar dos recortables, un ejemplar para colorear y otro para aprender a leer.  Todo  sea por regresar al presente esos buenos momentos del  pasado.

viernes, 10 de febrero de 2012

Siempre se vuelve al primer amor




Mafalda contra la sopa, Malfalda y sus amigos, Mafalda analizando el mundo, Mafalda exigiendo un televisor, Mafalda ironizando de la vida, Mafalda de vacaciones, Mafalda junto a su hermano Guille, Mafalda en todos lados y todos los días.

Quienes me conocen bien, saben que mi fanatismo por este personaje caricaturesco de los años 60 nació cuando aún no sabía leer y fue una de las principales –si no la única– motivación para aprender. Tenía tan sólo seis años cuando –encaramada en una repisa de libros– di con él y ese segundo fue el instante preciso en que firmé un acuerdo de por vida de lealtad y compañía: habría una viñeta para cada momento de mi vida y yo recordaría a Mafalda y sus amigos en cada oportunidad que en que la realidad bailara un lento con la ficción.  

Y así fue. Siempre me acompañó. Y ni el tiempo ni los años lograron decantar mi  entusiasmo, tanto que en mi reciente periplo por Buenos Aires y contra la ley básica de todo viajero de transportar el menor peso posible, me atreví y compré “Todo Mafalda”.  Exactamente a la mitad del valor que se ofrece en las librerías nacionales, era una oportunidad que no podía desaprovechar.

No quise abrirla en el hotel, esperé llegar a mi casa para comenzar a revisar este compendio que condensa mis más lindos recuerdos de infancia. Esa época en que, aunque entendía menos de la mitad de sus páginas, no dejé de revisarlas una y otra vez, a la espera de que otro día, otra semana, otro mes, incluso otro año, su misterio se dilucidara y mi visión del mundo se abriera un poco más.

Ahora, sólo me queda leer y releer sus ilustraciones, recordarlas y añorar aquellos tiempos en que mi capacidad de asombro, perseverancia y fascinación no tenían límite alguno. 

La viñeta que ilustra esta entrada fue publicada  hace más de cuarenta años y  perfectamente se aplica a nuestros días.

miércoles, 8 de febrero de 2012

I want to ride my bicycle *



Vacaciones en Buenos Aires, 34 grados de calor, millones de lugares por visitar, barrios legendarios, librerías de viejos y de jóvenes, la alameda más grande del mundo, calles angostas y en pésimo estado, cansancio crónico de tanto caminar, ganas locas de no perder un minuto en la ciudad más bella de América Latina… ¿solución? ¡Pedalear en dos ruedas!

Gracias a que la llave electrónica de la habitación no funcionaba y debimos retrasar algunos minutos nuestro descanso esperando que nos dieran una pronta solución, comencé a revisar los clásicos folletos que se encuentran en la recepción de todo hotel. Eran muchos y de temas muy variados: descuentos para turistas, mapas de la urbe y shows de tangos, pero uno captó mi atención. Con la foto de un grupo de jóvenes pedaleando, La Bicicleta Naranja ofrecía atractivos tours por toda la ciudad.

Sin pensarlo más, decidimos aprovechar la oportunidad y nos dirigimos raudamente al mercado de San Telmo, donde se ubicaba la oficina en cuestión. Tras sortear una especie de terminal atestado de chucherías para timar al gringo y sus dólares, dimos con el local y arrendamos dos bicicletas que fueron nuestra salvación.

La Reserva Ecológica, Puerto Madero, el centro de la ciudad y las calles sin protagonismo en los itinerarios para viajeros conformaron nuestra ruta. Con el viento rozando los rostros y mitigando el calor sofocante, decidir las vías por dónde continuar el trayecto adquirió un significado de intrépida aventura, aunque la velocidad promedio fuese de tan sólo 20 kilómetros por hora.  

Como las bicicletas no eran de último modelo, debimos inyectar toda la energía para logar el cometido, principalmente en los caminos de tierra de la primera parada. La Reserva Ecológica es un paraíso para desconectarse y disfrutar del verdor que contrasta con ese gris ratón tan propio de los edificios. Este humedal, a pasos de la efervescencia propia de la metrópoli, cuenta con senderos demarcados con ripio y cómodos asientos a la sombra de los árboles, cada trescientos metros.

Luego, seguimos nuestra odisea por Puerto Madero, un lugar con tiendas y restaurantes carísimos y cuya vereda oriente fue construida pensando en los ciclistas y amantes de los patines: es de un cemento tan suave que el esfuerzo anteriormente administrado se mitiga considerablemente. No pudimos resistirnos a la tentación de cruzar el puente de La Mujer. Diseñado por Santiago Calatrava, este puente giratorio que evoca la imagen de una pareja bailando tango, fue una imagen que inmortalizamos arriba de nuestras bicis.

Nos costó  dar con una ciclovía que nos llevara de regreso, pero tras titubear por algunas calles, logramos encontrar una que nos llevó directo a la Casa Rosada, sin Evita, y de ahí a vagar – en el sentido más literal de la palabra – por esa capital llena de leyendas, pensando en cuántos personajes habrán transitado por ella, cuántos se habrán detenido a mirar esas construcciones que datan de otros siglos y que aún siguen en pie y, por sobre todo, cuántos habrán disfrutado hasta la médula de los huesos la esencia del lugar.  

Para coronar el paseo, de regreso presentamos dos cupones de descuento ofrecidos en el hotel y rebajamos considerablemente el valor de nuestro espectacular modo de conocer Buenos Aires. Definitivamente, Karl Drais – el descubridor de la bici – fue un genio.

* De la canción Bicycle Race de Queen.

martes, 7 de febrero de 2012

Para que después no termines compadeciéndote



Tokio Blues (Norwegian Wood), Haruki Murakami

"En este mundo hay gente que, a pesar de estar dotada de un talento excepcional, son incapaces de realizar el esfuerzo necesario para sistematizarlo, y su talento se acaba malogrando (…) ¿Por qué? Porque no se esfuerzan. Porque jamás les han inculcado el sentido de la disciplina. Porque los han estropeado. Y acaban concibiendo el tesón como una estupidez". 

En esta lección de vida pronunciada por Reiko, amiga del protagonista de Tokio Blues, se comprime una de las razones de la frustración que agobia a la sociedad actual: todos estamos provistos de dones únicos, pero la razón del éxito radica en que sólo unos pocos tienen el coraje de aceptar el rigor y la constancia como norma de subsistencia.

En Tokio Blues, de Haruki Murakami, el suicidio de Kizuki tiñe para siempre la vida de su novia Naoko y su mejor amigo Watabe. Tras el ingreso a la secundaria, los dos se reencuentran e inician una peculiar relación marcada por la incomunicación, para volver a distanciarse tras la repentina desaparición de Naoko. Watabe se refugia en la soledad – que no le incomoda mayormente – y sólo la aparición de la joven y extrovertida Midori junto a Hagasawa, camarada de la residencia, serán sus principales y, por qué no, únicas, distracciones y contactos con el mundo exterior. Ese mundo donde el amor y el sexo son amables compañeros.

A pesar de la melancolía que acompaña al protagonista, parece comprender a cabalidad el consejo que le ofrece Hagasawa: "No te compadezcas a ti mismo. Eso sólo lo hacen los mediocres". Y entiende que sólo queda salir adelante y encargarse de las decisiones: ese es el precio que se debe pagar al optar por la vida.

El libro cuenta, además, con una de las más notables lecciones de periodismo y narrativa: el único truco es escribir lo que otra persona no podría, sentencia Midori al explicar su trabajo como reseñadora de mapas:
    “- No hace falta escribir nada del otro mundo. (…) Basta con redactar algo decente. Anécdotas visuales, emotivas.
-        Sí, pero debes buscar todas esas anécdotas y no debe de ser fácil.
-        Tienes razón, pero si las buscas las encuentras. Y si no las encuentras, siempre puedes inventarte algo. Algo inofensivo, claro.”

En Tokio Blues, la soledad es la principal protagonista. Y sus personajes entienden que la única salida es aprender a vivir con ella.

jueves, 2 de febrero de 2012

Corrientes bajo 36 grados



Era nuestro último día en Buenos Aires, 36 grados asolaban las calles de la ciudad y el cansancio tras cinco días recorriendo la capital brotaba por nuestros poros y se notaba incluso en nuestra exhausta forma de caminar bajo ese sol aplastante.

Días previos a nuestra partida había divisado en una vieja librería el texto “Pudor”, de Santiago Roncagliolo, en perfecto estado y a sólo 20 pesos argentinos, unos dos mil pesos chilenos y, como no me decidí en aquel instante, sentía ahora –a minutos de que el transfer pasara por nosotros  para conducirnos al aeropuerto– que no podía marcharme sin antes haber intentado adquirir el libro. 

Entonces modificamos el recorrido de regreso al hotel y nos aventurarnos ante la posibilidad de que, un domingo cualquiera, las librerías estuvieran abiertas a la espera de turistas rezagados. Ni en la primera, segunda y tercera cuadra logramos dar con la tienda, la mayoría de los locales mantenían sus cortinas abajo y sólo los clásicos cafecitos y quioscos bonaerenses se daban el trabajo de alegrar la popular calle Corrientes. Recién en la cuarta vereda, cuando ya casi dábamos por perdida la búsqueda, reconocí los estantes, revisé un ejemplar que estuviera sellado y, sin pensarlo más, me dirigí a la caja para cancelar mi última adquisición del viaje.

Aún no comienzo a leerlo, pero veo con alegría cómo, junto a los otros libros que cruzaron la cordillera conmigo, continúan engrosando mi pequeña biblioteca personal. Tengo, además, la seguridad de que era una oportunidad única que no debía dejar pasar: en Chile no habría ocurrido, a menos que el libro fuera de tercera mano, estuviera sucio y  le faltara un par de hojas.

domingo, 25 de septiembre de 2011

(Columna publicada el sábado 23 de septiembre en el diario penquista W5)
Muchos sostienen que la mejor forma de reconocer a un provinciano es buscar en cada esquina a aquel personaje que mira obnubilado y detenidamente la ciudad. Y es muy cierto, pero suele suceder que quienes lo dicen son los mismos santiaguinos que, acostumbrados a vivir en la capital, no la valoran ni tampoco comprenden por qué es tan común llegar a ella por un período definido, postergar interminablemente el regreso y finalmente radicarse para siempre, o casi.

Es una imagen tan clásica que incluso existe una obra de teatro que la ejemplifica con suficiente humor. Su nombre: “La pérgola de las flores”. Su trama: el arribo de la ingenua campesina Carmela a Santiago desde su natal San Rosendo. Y aunque mi historia no es idéntica – no llegué con un canasto con gallinas ni huevos duros – me faltó muy poco.

Para todos aquellos que aún no entienden tanto encantamiento, o para los temerosos que todavía no se atreven a juntar sus pilchas y emprender el vuelo, aquí van varias razones de por qué ninguna otra ciudad se parece a Santiago:

UNO. Porque no es necesario esperar hasta el viernes para que los bares, restaurantes y cafés mantengan sus puertas abiertas hasta altas horas de la madrugada. Ni menos verse obligado, un domingo en la mañana, a tomarse una cerveza en su terraza personal – mis condolencias para los desafortunados que carecen de una –, puesto que ningún refectorio abre antes de las 13 horas. No, señor, eso no sucede acá.

DOS. Porque los departamentos que dan hacia el sur y, por ende, están desprovistos de sol durante todo el año, no se llenan de hongos, gusanos ni cucarachas. Ahora, si usted es friolento como quien les escribe, deberá procurarse una buena estufa que lo acompañe durante los cortos meses de invierno. Además, le recuerdo que acá el verano ES verano, por lo que no es necesario salir acompañado de un chaleco o polerón previendo las tardecitas refrescantes.

TRES. Porque –a diferencia de lo que se podría suponer– quienes disfrutan de la naturaleza en Santiago tendrán la oportunidad de conectarse con ella, aunque sea a ratos. Es cierto, en la capital existe mucha construcción de fierro y cemento, pero también mucho cerro en donde los deportistas madrugadores –qué envidia todos ellos– suelen aprovechar su tiempo. También los parques muy bien utilizados por familias enteras junto al coche, la guagua, el perro, la pelota de fútbol y la maña por el helado.

CUATRO. Porque si usted es amante de la arquitectura y los barrios con aires europeos, le 
aseguro que jamás se aburrirá de recorrer y aplanar sus calles y siempre, siempre habrá algún edificio que lo maraville. A esto súmele que casi todos los rincones de la ciudad tienen vida propia, y no es tan común encontrarse con construcciones feas, horribles.

CINCO. Porque, aunque es cierto que el Transantiago es un monstruo que espantaría al mismísimo Chucky, la mayoría de la ciudad está interconectada por ciclovías que facilitan el desplazamiento de los más ecológicos. Y con precaución, el correspondiente casco – que, por los demás, es obligatorio –, y respetando todas las normas del tránsito, se debería llegar a destino sano y salvo. Eso sí, a los creyentes siempre se les recomienda rezar un par de rosarios antes de emprender sus travesías.

SEIS. Porque aunque lo suyo no sea perder su tiempo encerrado en cuatro paredes intentando comprender obras que –en muchas ocasiones– ni el autor logró encontrarle un significado, es imperdonable, léame bien, IMPERDONABLE que no visite con relativa frecuencia algunos museos donde, con cierta periodicidad, exhiben colecciones de grandes artistas de todos los tiempos que sólo conocemos a través de internet y de los libros ilustrados.

SIETE. Porque músicos de reconocida trayectoria internacional deciden pisar por primera vez o  -en algunos casos- regresar a este terruño del tercer mundo con economía del primero, pero adivine: sólo deleitarán a sus fanáticos de Santiago. El resto, que rompa el chanchito y, a su ya excesivamente costosa entrada, agréguele un par de cómodos pasajes y una estadía de al menos una noche en hotel de mala muerte para no espantar a sus vecinos de viaje. En casos como éste, el bolseo en hogares de parientes de cuarto grado es justificado y entendible.

OCHO. Porque, tal como cantaba Carmela: “allá la vida es muy sana, pero nunca pasa na”. Y que algunos incautos aún sigan sosteniendo que Concepción es la segunda ciudad más grande de Chile, ¡JA!

martes, 20 de septiembre de 2011

Por qué odio los viajes en bus interprovincial

(Crónica publicada el lunes 19 de septiembre en el diario penquista W5)

No debería, y lo tengo muy claro. Primero, porque dadas las circunstancias actuales irremediablemente debo viajar muy seguido a la ciudad que me vio crecer, desarrollarme y también deformarme, esa que por sus obvias características algunos prefieren apodarla “la ciudad de la lluvia”. Y segundo, porque claramente la única que sufre, se enrabia y pasa un mal rato, soy yo y nadie, nadie más.

Sin embargo, estas dos sensatas razones no impiden que, horas antes de emprender mis constantes travesías, sienta un nudo en el estómago y una especie de ahogo que más de un especialista analizaría concienzudamente intentando inmiscuirse en historias que no le conciernen.  Cretinos todos ellos…

Pero volvamos al título de esta columna, ¿por qué odio los viajes en bus? Fácil y sencilla respuesta: por mis vecinos de asiento. Y no es que sea antisocial (o quizás sí lo soy un poco), pero dentro de los clásicos márgenes permitidos– aquellos donde mi espacio privado posee un precio invaluable en moneda nacional–, no logro comprender ese actuar tan de moda donde tu vecino vale menos que un paquete de papitas fritas. Y para que me entiendan mejor, se los ejemplificaré:

No entiendo por qué debo enterarme de resultados universitarios, trabajos pendientes, turbios negocios, amantes despechadas, arreglines laborales y enojos familiares, gracias a un vecino poco pudoroso que conversa por celular como si estuviese en la feria y debiese gritar para que su interlocutor lo escuchase, si yo sólo quiero dormir.

No entiendo por qué las empresas de buses se empeñan en exhibir las últimas películas  del mercado (que, conste, es ilegal) al máximo volumen para que todos, incluso el abuelito con su auricular vencido, logren seguir la trama de la cinta. Les aseguro que ni a ese viejito ni a mí nos interesa quedar con tortícolis, quemar nuestros ojos intentando leer los subtítulos y gastar nuestra atención en historias muchas veces ya vistas.

No entiendo por qué los niños de hoy tienen licencia para llorar, gritar, escupir y mañosear,  y uno la obligación de aguantarlos, bajo la premisa de que “si son chicos, hay que tener paciencia con ellos, todos fuimos pequeños”. Pero, claro, señora, yo también fui menudita y tuve infancia, aunque jamás se me pasó por la mente presentar la obra de teatro “Cómo sacar de quicio a mamá” en público y, debo confesarlo, tampoco en privado.

No entiendo que mi compañero de puesto ame el reggaetón o el metal con tanta pasión que desee compartirlo con el resto del bus. Está bien, “en cosa de gustos no hay nada escrito” y todos somos libres de elegir cómo y dónde perdemos nuestro tiempo. Pero, por favor, déjenme malgastar el mío en paz.

No entiendo cómo los conductores y acomodadores se organizan cual mafia para vender y revender asientos a precios exorbitantes a quienes encuentren en el camino, pero si se ven en apuros no dudan en descender al incauto en el primer peaje que encuentren con la certeza de “le reembolsaremos su dinero”. Créanme, yo fui testigo de un caso.

No entiendo por qué, al parecer, soy la única persona en el mundo a la que le molesta todo lo anterior.

martes, 5 de julio de 2011

Salva tu vida y dispón de ella

Decir que el libro “Nuestros años de verde olivo”, de Roberto Ampuero, relata el desencanto que experimenta un militante de las Juventudes Comunistas al vivir en carne propia los vejámenes de los regímenes de izquierda, sería repetido y simple. Repetido porque al ser un libro publicado inicialmente en 1999 cuenta ya con varias reseñas y una más no vendría al caso. Y simple, porque basta con leer la contraportada para comprender que es un texto autobiográfico, donde el autor relata cómo, a fines de los años 70, fue uno de los tantos chilenos exiliados que se refugió en Alemania, para luego escapar al lugar que, en ese entonces, se suponía el más cercano al paraíso terrenal: Cuba.

Pero la esencia de la novela está quizás en las primeras páginas, cuando describe su desilusión y posterior huida al observar la fuga de los dirigentes políticos, segundos después de haber arengado a los más jóvenes a repeler las fuerzas militares con armas obsoletas. “El brinco sobre aquel muro, sin documentos que acreditaran mi militancia, adquirió a la postre un profundo contenido simbólico para mí. No sólo me había permitido salvar mi vida, sino también comprender que debía comenzar a disponer de ella”. En sencillas palabras, la mejor enseñanza que nos puede entregar el libro: haz de tu vida lo que te plazca, pero libre de partidos políticos, ideologías absurdas o dogmas religiosos. No permitas que nadie dirija tu existencia.

El resto, y sin desmerecerlo en lo más mínimo, es un continuo relato de las brutalidades más insospechadas que la historia se ha encargado de amparar hasta hoy y que poco a poco han salido a la luz pública: divisiones y traiciones al interior de los partidos, soplonaje y acusaciones injustificadas, matanzas al por mayor, corrupción, hambre, temor y decepción. Mucha decepción. Y todo en el nombre de la dignificación de los trabajadores, la libertad de los pueblos y la causa revolucionaria.

Ampuero realiza un mea culpa y reconoce que fue uno más de los tantos que cayeron embobados ante la falsa promesa de un futuro mejor, pero que – a diferencia de muchos –  logró comprobar in situ y a tiempo que los ideales por los cuales tanto había luchado en su juventud no eran más que una simple y llana utopía. Y que, como toda utopía, jamás debieron salir de los libros, que es el único lugar donde no causan daño.

lunes, 4 de julio de 2011

Qué saben de cordillera


El frío me congela las manos y escama la nariz, pero también, cuando estoy atenta, me regala postales que comúnmente no estoy acostumbrada a apreciar. O quizás sí, no lo sé. El asunto es que en un año más no la veré y no porque viaje fuera del país, se vote a huelga o se desmorone, nada de eso. Simplemente porque los gigantescos edificios que se multiplican como callampas en un bosque del sur, la suplantarán en mi vista.

Diariamente el smog tampoco me permite disfrutar de ella, pero aunque ya se logra apreciar la grúa y los fierros de la que será una más de esas enormes construcciones, aún existe ese pequeño espacio entre edificio y edificio, lugar por el que ella se asoma, cada cierto tiempo, para intentar ver el mar.  

Hoy, desde la ventana de mi céntrico piso, fui una afortunada momentánea. Esta tarde, iluminada por el sol anaranjado, la cordillera parecía un niño en puntilla despidiéndose de la visita de su abuelo, sin saber si mañana volverá a verlo.


martes, 28 de junio de 2011

Esos extraños dibujitos

En mi reciente viaje a Concepción, al toparme de narices frente a un ejemplar de “Toda Mafalda”, recordé un pequeño cuento publicado en el Diario El Sur, un domingo 11 de marzo de 2007. Aquí se los dejo:

No faltaba más

“Cómo no te voy a querer, cómo no te voy a querer”, le cantan a la roja cuando va perdiendo 5-0. Pero Margarita lo decía con razón, cómo no iba a querer a Mafalda. Si había estado en todas, peor que perro faldero, compitiendo a diario con la mejor de sus amigas. 

La conoció cuando aún no alcanzaba el metro de altura y buscar ilustraciones en los libros era el mejor de los pasatiempos. Podía pasar horas revisando minuciosamente hoja por hoja hasta dar con alguna y, así, intentar dilucidar el misterio que se escondía tras ellas. Porque por cierto en ese entonces Margarita aún no sabía leer. Y cuando encontró ese libro de tapas plateadas lleno de extraños dibujitos, no existió mejor incentivo para aprender. De tanto leerlos, lo fue memorizando y de ahí no la abandonaron más, nunca más. Siempre recordaba alguno, estuviese donde estuviese, siempre había uno acorde a cada situación. Incluso, años más tarde, cuando perdió a uno de los que más quería, no faltó aquel que en un intento por consolarla le repitió lo de siempre: “No eres la única que sufre, piensa en los demás”, y otra vez apareció entre las sombras Mafalda junto a Felipe angustiado por la vuelta a clases… al diablo con los demás, ¿acaso no entienden que la angustia no es un conventillo?

miércoles, 15 de junio de 2011

Salen las nenas y comienza la fiesta

 
Todo indica que estoy situada en pleno “Santiago centro”, pero en ningún caso es el punto neurálgico de la capital, incluso podría ser una una esquina más de cualquier ciudad de provincia.

De día, la intersección de las calles Alonso de Ovalle y San Francisco es un lugar de paso. Un edificio de estacionamientos, locales de abarrotes, negocios de gasfitería junto con un paradero con destino a El Sauce, justifican los escasos transeúntes que deambulan por aquí. Sin embargo, una vez que la Luna despierta y el sonido de las micros se disipa hasta ser inaudible, aparece la cara oculta de toda urbe. A escasos metros de mi edificio, una antigua e incógnita casona abre sus puertas, salen las nenas y comienza la fiesta. Los taxis con visitas agolpan la entrada, mientras que en cada esquina extraños y oscuros personajes se protegen del frío observando fijamente, y esperando. 

Cuando la oscuridad es total y el alumbrado público simplemente no alumbra, cinco pisos arriba, en mi pequeño departamento de grandes ventanales, prefiero cerrar las cortinas: siempre existirán verdades que es mejor desconocer. Y todo esto, a una cuadra de la Alameda y tres de La Moneda.

jueves, 9 de junio de 2011

Un buen trayecto de la vida

La llevo grabada con fuego y no porque yo lo desee. "Se puede huir de todo, salvo de la búsqueda del amor y de la infancia". La primera vez que escuché esa frase estaba en clases de literatura y, en pleno análisis del libro "El amor en los tiempos del cólera", salió al tapete dicha verdad. Inmediatamente entendí algunas historias y no sólo mías.

Del amor no emitiré declaración, pero sí de la bendita infancia. Esos momentos que deberían ser para todos -casi como un decreto de la Constitución- recuerdos de pura y sana felicidad. Aunque aun así no se podría asegurar un mundo menos deplorable.

¿A qué viene tanto comentario? Pues a la sencilla razón de que visité la muestra de juguetes antiguos que se encuentra en el Palacio de la Moneda y recordé MI niñez. Y si bien es cierto que la mayoría de los modelos ubicados detrás de las vitrinas entretuvieron a otras generaciones -soy muy joven, señor juez-, desfilaron por mi mente esos instantes de extrema ingenuidad, cuando no alcanzaba las manillas de las puertas y creía que el mundo entero se regía bajo las nobles normas de mi hogar. Cuando pensaba que la vida se arreglaba mirando a los ojos y diciendo la verdad, o peor aún, cuando suponía que aquellos a los que amamos con las entrañas nos acompañarían toda la vida, o por lo menos, un buen trayecto de ella (más de dieciocho años, por favor, eso no es justo).

A pesar de lo feliz que fui en mi infancia, les aseguro que jamás volvería a ella: el golpe con la cruda realidad es demasiado fuerte y el tiempo de recuperación, demasiado largo.

lunes, 6 de junio de 2011

La ficción siempre será mejor

Debo reconocerlo. Las grandes sagas del cine que marcaron a varias generaciones nunca fueron mis favoritas. Tenía la idea de que eran súper producciones vacías, sin sentido, por eso – y a pesar de ver algunas – nunca les di una real oportunidad. Hasta este verano, cuando por esas vueltas del destino, me topé de frente con la versión remasterizada de Volver al Futuro.

Y vaya que estaba equivocada. Además de atraer mi atención a lo largo de todos sus minutos, la cinta logró convencerme: era mucho más que una simple historia futurista como yo pensaba, era y quizás sigue siendo la mejor película de ciencia ficción de la década.

Como las historias nunca terminan del todo, a la mía aún le faltaba una vuelta para completar el primero de sus muchos ciclos: hace un par de semanas conocí el Museo de la Moda, donde unos de sus principales atractivos es el modelo original del auto volador de Marty McFly en el filme que les menciono, sin embargo, apenas crucé el umbral, mi desilusión fue mayor.

Es cierto, el De Lorean estaba ahí, pero parecía de juguete, indefenso, con los cables a la vista, agradeciendo la protección que le brindaba el vidrio y que lo mantenía alejado de curiosos y malcriados. No era ni tan grande ni tan potente, era sólo un simple auto acondicionado para cumplir con las necesidades estéticas del director. Ni más ni menos.

Si alguien fue, o peor aún, sigue siendo fanático de la película, mejor que se abstenga de visitar la muestra: siempre será mejor quedarse con la imagen futurista de sus personajes intentando recomponer el presente. Les aseguro que la realidad es mucho más sencilla y triste.

martes, 24 de mayo de 2011

La espalda de un dragón dormido


¿Se han percatado de lo bello que es Santiago un día domingo? Y no hablo de los lugares típicos, como los parques y calles bohemias que los días soleados parecieran cobrar más vida o por lo menos caminan por ellos personas que los disfrutan.  Me refiero a esa ciudad que durante la semana juega un rol importante en el quehacer de todos sus habitantes, pero que, una vez que el ajetreo cotidiano está momentáneamente en pausa, pierde protagonismo.
Cuando los locales bajan sus cortinas metálicas y los papeles de los edificios gubernamentales se encuentran más quietos que de costumbre, la ciudad muestra su real cara, no la más amable sino la más verídica, esa que sólo se atreve a exhibir sus cicatrices de guerra cuando baja la guardia y cree que nadie la observa. Esas marcas testifican que, para llegar a ser la gran urbe que hoy es, debió pasar por pequeñas grandes batallas que le dejaron una fuerte dicotomía entre lo antiguo y lo moderno, entre la memoria y el porvenir.
Recorrer sus calles eternas y vacías es como caminar por la espalda de un dragón dormido: tenemos que seguir nuestra marcha en silencio y muy atentos, sólo así descubriremos algunos de sus más íntimos secretos, porque una vez despierto, nada volverá a ser igual.