Vacaciones en Buenos Aires, 34 grados de calor, millones de lugares por visitar, barrios legendarios, librerías de viejos y de jóvenes, la alameda más grande del mundo, calles angostas y en pésimo estado, cansancio crónico de tanto caminar, ganas locas de no perder un minuto en la ciudad más bella de América Latina… ¿solución? ¡Pedalear en dos ruedas!
Gracias a que la llave electrónica de la habitación no funcionaba y debimos retrasar algunos minutos nuestro descanso esperando que nos dieran una pronta solución, comencé a revisar los clásicos folletos que se encuentran en la recepción de todo hotel. Eran muchos y de temas muy variados: descuentos para turistas, mapas de la urbe y shows de tangos, pero uno captó mi atención. Con la foto de un grupo de jóvenes pedaleando, La Bicicleta Naranja ofrecía atractivos tours por toda la ciudad.
Sin pensarlo más, decidimos aprovechar la oportunidad y nos dirigimos raudamente al mercado de San Telmo, donde se ubicaba la oficina en cuestión. Tras sortear una especie de terminal atestado de chucherías para timar al gringo y sus dólares, dimos con el local y arrendamos dos bicicletas que fueron nuestra salvación.
La Reserva Ecológica, Puerto Madero, el centro de la ciudad y las calles sin protagonismo en los itinerarios para viajeros conformaron nuestra ruta. Con el viento rozando los rostros y mitigando el calor sofocante, decidir las vías por dónde continuar el trayecto adquirió un significado de intrépida aventura, aunque la velocidad promedio fuese de tan sólo 20 kilómetros por hora.
Como las bicicletas no eran de último modelo, debimos inyectar toda la energía para logar el cometido, principalmente en los caminos de tierra de la primera parada. La Reserva Ecológica es un paraíso para desconectarse y disfrutar del verdor que contrasta con ese gris ratón tan propio de los edificios. Este humedal, a pasos de la efervescencia propia de la metrópoli, cuenta con senderos demarcados con ripio y cómodos asientos a la sombra de los árboles, cada trescientos metros.
Luego, seguimos nuestra odisea por Puerto Madero, un lugar con tiendas y restaurantes carísimos y cuya vereda oriente fue construida pensando en los ciclistas y amantes de los patines: es de un cemento tan suave que el esfuerzo anteriormente administrado se mitiga considerablemente. No pudimos resistirnos a la tentación de cruzar el puente de La Mujer. Diseñado por Santiago Calatrava, este puente giratorio que evoca la imagen de una pareja bailando tango, fue una imagen que inmortalizamos arriba de nuestras bicis.
Nos costó dar con una ciclovía que nos llevara de regreso, pero tras titubear por algunas calles, logramos encontrar una que nos llevó directo a la Casa Rosada, sin Evita, y de ahí a vagar – en el sentido más literal de la palabra – por esa capital llena de leyendas, pensando en cuántos personajes habrán transitado por ella, cuántos se habrán detenido a mirar esas construcciones que datan de otros siglos y que aún siguen en pie y, por sobre todo, cuántos habrán disfrutado hasta la médula de los huesos la esencia del lugar.
Para coronar el paseo, de regreso presentamos dos cupones de descuento ofrecidos en el hotel y rebajamos considerablemente el valor de nuestro espectacular modo de conocer Buenos Aires. Definitivamente, Karl Drais – el descubridor de la bici – fue un genio.
* De la canción Bicycle Race de Queen.
* De la canción Bicycle Race de Queen.
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