Debo reconocerlo. Las grandes sagas del cine que marcaron a varias generaciones nunca fueron mis favoritas. Tenía la idea de que eran súper producciones vacías, sin sentido, por eso – y a pesar de ver algunas – nunca les di una real oportunidad. Hasta este verano, cuando por esas vueltas del destino, me topé de frente con la versión remasterizada de Volver al Futuro.
Y vaya que estaba equivocada. Además de atraer mi atención a lo largo de todos sus minutos, la cinta logró convencerme: era mucho más que una simple historia futurista como yo pensaba, era y quizás sigue siendo la mejor película de ciencia ficción de la década.
Como las historias nunca terminan del todo, a la mía aún le faltaba una vuelta para completar el primero de sus muchos ciclos: hace un par de semanas conocí el Museo de la Moda, donde unos de sus principales atractivos es el modelo original del auto volador de Marty McFly en el filme que les menciono, sin embargo, apenas crucé el umbral, mi desilusión fue mayor.
Es cierto, el De Lorean estaba ahí, pero parecía de juguete, indefenso, con los cables a la vista, agradeciendo la protección que le brindaba el vidrio y que lo mantenía alejado de curiosos y malcriados. No era ni tan grande ni tan potente, era sólo un simple auto acondicionado para cumplir con las necesidades estéticas del director. Ni más ni menos.
Si alguien fue, o peor aún, sigue siendo fanático de la película, mejor que se abstenga de visitar la muestra: siempre será mejor quedarse con la imagen futurista de sus personajes intentando recomponer el presente. Les aseguro que la realidad es mucho más sencilla y triste.
Hasta la chaqueta era deprimente!
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