miércoles, 15 de junio de 2011

Salen las nenas y comienza la fiesta

 
Todo indica que estoy situada en pleno “Santiago centro”, pero en ningún caso es el punto neurálgico de la capital, incluso podría ser una una esquina más de cualquier ciudad de provincia.

De día, la intersección de las calles Alonso de Ovalle y San Francisco es un lugar de paso. Un edificio de estacionamientos, locales de abarrotes, negocios de gasfitería junto con un paradero con destino a El Sauce, justifican los escasos transeúntes que deambulan por aquí. Sin embargo, una vez que la Luna despierta y el sonido de las micros se disipa hasta ser inaudible, aparece la cara oculta de toda urbe. A escasos metros de mi edificio, una antigua e incógnita casona abre sus puertas, salen las nenas y comienza la fiesta. Los taxis con visitas agolpan la entrada, mientras que en cada esquina extraños y oscuros personajes se protegen del frío observando fijamente, y esperando. 

Cuando la oscuridad es total y el alumbrado público simplemente no alumbra, cinco pisos arriba, en mi pequeño departamento de grandes ventanales, prefiero cerrar las cortinas: siempre existirán verdades que es mejor desconocer. Y todo esto, a una cuadra de la Alameda y tres de La Moneda.

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