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miércoles, 15 de junio de 2011

Salen las nenas y comienza la fiesta

 
Todo indica que estoy situada en pleno “Santiago centro”, pero en ningún caso es el punto neurálgico de la capital, incluso podría ser una una esquina más de cualquier ciudad de provincia.

De día, la intersección de las calles Alonso de Ovalle y San Francisco es un lugar de paso. Un edificio de estacionamientos, locales de abarrotes, negocios de gasfitería junto con un paradero con destino a El Sauce, justifican los escasos transeúntes que deambulan por aquí. Sin embargo, una vez que la Luna despierta y el sonido de las micros se disipa hasta ser inaudible, aparece la cara oculta de toda urbe. A escasos metros de mi edificio, una antigua e incógnita casona abre sus puertas, salen las nenas y comienza la fiesta. Los taxis con visitas agolpan la entrada, mientras que en cada esquina extraños y oscuros personajes se protegen del frío observando fijamente, y esperando. 

Cuando la oscuridad es total y el alumbrado público simplemente no alumbra, cinco pisos arriba, en mi pequeño departamento de grandes ventanales, prefiero cerrar las cortinas: siempre existirán verdades que es mejor desconocer. Y todo esto, a una cuadra de la Alameda y tres de La Moneda.

jueves, 9 de junio de 2011

Un buen trayecto de la vida

La llevo grabada con fuego y no porque yo lo desee. "Se puede huir de todo, salvo de la búsqueda del amor y de la infancia". La primera vez que escuché esa frase estaba en clases de literatura y, en pleno análisis del libro "El amor en los tiempos del cólera", salió al tapete dicha verdad. Inmediatamente entendí algunas historias y no sólo mías.

Del amor no emitiré declaración, pero sí de la bendita infancia. Esos momentos que deberían ser para todos -casi como un decreto de la Constitución- recuerdos de pura y sana felicidad. Aunque aun así no se podría asegurar un mundo menos deplorable.

¿A qué viene tanto comentario? Pues a la sencilla razón de que visité la muestra de juguetes antiguos que se encuentra en el Palacio de la Moneda y recordé MI niñez. Y si bien es cierto que la mayoría de los modelos ubicados detrás de las vitrinas entretuvieron a otras generaciones -soy muy joven, señor juez-, desfilaron por mi mente esos instantes de extrema ingenuidad, cuando no alcanzaba las manillas de las puertas y creía que el mundo entero se regía bajo las nobles normas de mi hogar. Cuando pensaba que la vida se arreglaba mirando a los ojos y diciendo la verdad, o peor aún, cuando suponía que aquellos a los que amamos con las entrañas nos acompañarían toda la vida, o por lo menos, un buen trayecto de ella (más de dieciocho años, por favor, eso no es justo).

A pesar de lo feliz que fui en mi infancia, les aseguro que jamás volvería a ella: el golpe con la cruda realidad es demasiado fuerte y el tiempo de recuperación, demasiado largo.