Era nuestro último día en Buenos Aires, 36 grados asolaban las calles de la ciudad y el cansancio tras cinco días recorriendo la capital brotaba por nuestros poros y se notaba incluso en nuestra exhausta forma de caminar bajo ese sol aplastante.
Días previos a nuestra partida había divisado en una vieja librería el texto “Pudor”, de Santiago Roncagliolo, en perfecto estado y a sólo 20 pesos argentinos, unos dos mil pesos chilenos y, como no me decidí en aquel instante, sentía ahora –a minutos de que el transfer pasara por nosotros para conducirnos al aeropuerto– que no podía marcharme sin antes haber intentado adquirir el libro.
Entonces modificamos el recorrido de regreso al hotel y nos aventurarnos ante la posibilidad de que, un domingo cualquiera, las librerías estuvieran abiertas a la espera de turistas rezagados. Ni en la primera, segunda y tercera cuadra logramos dar con la tienda, la mayoría de los locales mantenían sus cortinas abajo y sólo los clásicos cafecitos y quioscos bonaerenses se daban el trabajo de alegrar la popular calle Corrientes. Recién en la cuarta vereda, cuando ya casi dábamos por perdida la búsqueda, reconocí los estantes, revisé un ejemplar que estuviera sellado y, sin pensarlo más, me dirigí a la caja para cancelar mi última adquisición del viaje.
Aún no comienzo a leerlo, pero veo con alegría cómo, junto a los otros libros que cruzaron la cordillera conmigo, continúan engrosando mi pequeña biblioteca personal. Tengo, además, la seguridad de que era una oportunidad única que no debía dejar pasar: en Chile no habría ocurrido, a menos que el libro fuera de tercera mano, estuviera sucio y le faltara un par de hojas.

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