La llevo grabada con fuego y no porque yo lo desee. "Se puede huir de todo, salvo de la búsqueda del amor y de la infancia". La primera vez que escuché esa frase estaba en clases de literatura y, en pleno análisis del libro "El amor en los tiempos del cólera", salió al tapete dicha verdad. Inmediatamente entendí algunas historias y no sólo mías.
Del amor no emitiré declaración, pero sí de la bendita infancia. Esos momentos que deberían ser para todos -casi como un decreto de la Constitución- recuerdos de pura y sana felicidad. Aunque aun así no se podría asegurar un mundo menos deplorable.
¿A qué viene tanto comentario? Pues a la sencilla razón de que visité la muestra de juguetes antiguos que se encuentra en el Palacio de la Moneda y recordé MI niñez. Y si bien es cierto que la mayoría de los modelos ubicados detrás de las vitrinas entretuvieron a otras generaciones -soy muy joven, señor juez-, desfilaron por mi mente esos instantes de extrema ingenuidad, cuando no alcanzaba las manillas de las puertas y creía que el mundo entero se regía bajo las nobles normas de mi hogar. Cuando pensaba que la vida se arreglaba mirando a los ojos y diciendo la verdad, o peor aún, cuando suponía que aquellos a los que amamos con las entrañas nos acompañarían toda la vida, o por lo menos, un buen trayecto de ella (más de dieciocho años, por favor, eso no es justo).
A pesar de lo feliz que fui en mi infancia, les aseguro que jamás volvería a ella: el golpe con la cruda realidad es demasiado fuerte y el tiempo de recuperación, demasiado largo.
Del amor no emitiré declaración, pero sí de la bendita infancia. Esos momentos que deberían ser para todos -casi como un decreto de la Constitución- recuerdos de pura y sana felicidad. Aunque aun así no se podría asegurar un mundo menos deplorable.
¿A qué viene tanto comentario? Pues a la sencilla razón de que visité la muestra de juguetes antiguos que se encuentra en el Palacio de la Moneda y recordé MI niñez. Y si bien es cierto que la mayoría de los modelos ubicados detrás de las vitrinas entretuvieron a otras generaciones -soy muy joven, señor juez-, desfilaron por mi mente esos instantes de extrema ingenuidad, cuando no alcanzaba las manillas de las puertas y creía que el mundo entero se regía bajo las nobles normas de mi hogar. Cuando pensaba que la vida se arreglaba mirando a los ojos y diciendo la verdad, o peor aún, cuando suponía que aquellos a los que amamos con las entrañas nos acompañarían toda la vida, o por lo menos, un buen trayecto de ella (más de dieciocho años, por favor, eso no es justo).
A pesar de lo feliz que fui en mi infancia, les aseguro que jamás volvería a ella: el golpe con la cruda realidad es demasiado fuerte y el tiempo de recuperación, demasiado largo.

Totalmente de acuerdo. El escritor Sandor Marai lo dice con extremada lucidez:
ResponderEliminar"Las voces, las luces, las alegrías y las sorpresas, las esperanzas y los miedos que encierra nuestra niñez, eso es lo que realmente amamos, lo que buscamos durante toda la vida".