Me bautizaron como Beatriz gracias a la supuesta grandeza de la enamorada del autor de “La Divina Comedia” y con ello decidieron mi futuro antes de que me dignara a posar los pies en este mundo.
Analizar la obra de Alighieri fue una de las tantas tareas universitarias que debió enfrentar mi mamá y, al encantarse con el personaje de la prometida, decidió honrar al italiano nombrando a su primera hija como tal. Debieron pasar varios años hasta que su primogénita naciera, pero el azar le exigió esperar un tiempo más – tiempo que sin duda podría haber sido infinito – antes de cumplir su objetivo. La tardanza terminó el 22 de junio de 1986, fecha en que llegué a revolucionar el pequeño mundo de mis padres y quizás, tal vez, algún otro.
Para una niña pequeña que recién comienza su camino, Beatriz es bastante duro, por lo que durante gran parte de mi niñez y adolescencia obedecí al cariñoso diminutivo de Beíta. Nada podía ser tan terrible cuando me llamaban así y escuchar a mi papá pronunciarlo era el mejor antídoto ante cualquier maña o pena infantil.
Mi poco gusto por el colegio y las obvias razones que imposibilitaban a los profesores a nombrarme con mi entrañable diminutivo, acrecentó la muralla imaginaria que poco a poco fui construyendo y que dividía mi existencia en dos: Mientras Beatriz pasaba gran parte del día jugando el rol de alumna atenta y responsable; en la casa, Beíta recibía atención y cariño a mansalva, sin la más mínima dosificación.
Con el paso de los años, el mapa del hogar cambió y ya no importó cómo me llamaran. Ahora debía enfrentarme a la realidad y ante ella me presentaba como Beatriz, a secas, porque realmente ningún otro nombre se antepone a mi apellido.
Tiempo después, sin esperarlo, un nuevo apodo llegó a mi vida. Cual bailarina brasileña, Parcetiña irrumpió con todo el cariño que podía desear, y Parcetoña es uno de sus derivados que quedó plasmado para la posteridad (en un libro).
*Pintura de Henry Holiday titulada "Dante se encuentra con Beatriz en el Puente Santa Trinita".

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