lunes, 4 de julio de 2011

Qué saben de cordillera


El frío me congela las manos y escama la nariz, pero también, cuando estoy atenta, me regala postales que comúnmente no estoy acostumbrada a apreciar. O quizás sí, no lo sé. El asunto es que en un año más no la veré y no porque viaje fuera del país, se vote a huelga o se desmorone, nada de eso. Simplemente porque los gigantescos edificios que se multiplican como callampas en un bosque del sur, la suplantarán en mi vista.

Diariamente el smog tampoco me permite disfrutar de ella, pero aunque ya se logra apreciar la grúa y los fierros de la que será una más de esas enormes construcciones, aún existe ese pequeño espacio entre edificio y edificio, lugar por el que ella se asoma, cada cierto tiempo, para intentar ver el mar.  

Hoy, desde la ventana de mi céntrico piso, fui una afortunada momentánea. Esta tarde, iluminada por el sol anaranjado, la cordillera parecía un niño en puntilla despidiéndose de la visita de su abuelo, sin saber si mañana volverá a verlo.


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