Mafalda contra la sopa, Malfalda y sus amigos, Mafalda analizando el mundo, Mafalda exigiendo un televisor, Mafalda ironizando de la vida, Mafalda de vacaciones, Mafalda junto a su hermano Guille, Mafalda en todos lados y todos los días.
Quienes me conocen bien, saben que mi fanatismo por este personaje caricaturesco de los años 60 nació cuando aún no sabía leer y fue una de las principales –si no la única– motivación para aprender. Tenía tan sólo seis años cuando –encaramada en una repisa de libros– di con él y ese segundo fue el instante preciso en que firmé un acuerdo de por vida de lealtad y compañía: habría una viñeta para cada momento de mi vida y yo recordaría a Mafalda y sus amigos en cada oportunidad que en que la realidad bailara un lento con la ficción.
Y así fue. Siempre me acompañó. Y ni el tiempo ni los años lograron decantar mi entusiasmo, tanto que en mi reciente periplo por Buenos Aires y contra la ley básica de todo viajero de transportar el menor peso posible, me atreví y compré “Todo Mafalda”. Exactamente a la mitad del valor que se ofrece en las librerías nacionales, era una oportunidad que no podía desaprovechar.
No quise abrirla en el hotel, esperé llegar a mi casa para comenzar a revisar este compendio que condensa mis más lindos recuerdos de infancia. Esa época en que, aunque entendía menos de la mitad de sus páginas, no dejé de revisarlas una y otra vez, a la espera de que otro día, otra semana, otro mes, incluso otro año, su misterio se dilucidara y mi visión del mundo se abriera un poco más.
Ahora, sólo me queda leer y releer sus ilustraciones, recordarlas y añorar aquellos tiempos en que mi capacidad de asombro, perseverancia y fascinación no tenían límite alguno.
La viñeta que ilustra esta entrada fue publicada hace más de cuarenta años y perfectamente se aplica a nuestros días.

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