No debería, y lo tengo muy claro. Primero, porque dadas las circunstancias actuales irremediablemente debo viajar muy seguido a la ciudad que me vio crecer, desarrollarme y también deformarme, esa que por sus obvias características algunos prefieren apodarla “la ciudad de la lluvia”. Y segundo, porque claramente la única que sufre, se enrabia y pasa un mal rato, soy yo y nadie, nadie más.
Sin embargo, estas dos sensatas razones no impiden que, horas antes de emprender mis constantes travesías, sienta un nudo en el estómago y una especie de ahogo que más de un especialista analizaría concienzudamente intentando inmiscuirse en historias que no le conciernen. Cretinos todos ellos…
Pero volvamos al título de esta columna, ¿por qué odio los viajes en bus? Fácil y sencilla respuesta: por mis vecinos de asiento. Y no es que sea antisocial (o quizás sí lo soy un poco), pero dentro de los clásicos márgenes permitidos– aquellos donde mi espacio privado posee un precio invaluable en moneda nacional–, no logro comprender ese actuar tan de moda donde tu vecino vale menos que un paquete de papitas fritas. Y para que me entiendan mejor, se los ejemplificaré:
No entiendo por qué debo enterarme de resultados universitarios, trabajos pendientes, turbios negocios, amantes despechadas, arreglines laborales y enojos familiares, gracias a un vecino poco pudoroso que conversa por celular como si estuviese en la feria y debiese gritar para que su interlocutor lo escuchase, si yo sólo quiero dormir.
No entiendo por qué las empresas de buses se empeñan en exhibir las últimas películas del mercado (que, conste, es ilegal) al máximo volumen para que todos, incluso el abuelito con su auricular vencido, logren seguir la trama de la cinta. Les aseguro que ni a ese viejito ni a mí nos interesa quedar con tortícolis, quemar nuestros ojos intentando leer los subtítulos y gastar nuestra atención en historias muchas veces ya vistas.
No entiendo por qué los niños de hoy tienen licencia para llorar, gritar, escupir y mañosear, y uno la obligación de aguantarlos, bajo la premisa de que “si son chicos, hay que tener paciencia con ellos, todos fuimos pequeños”. Pero, claro, señora, yo también fui menudita y tuve infancia, aunque jamás se me pasó por la mente presentar la obra de teatro “Cómo sacar de quicio a mamá” en público y, debo confesarlo, tampoco en privado.
No entiendo que mi compañero de puesto ame el reggaetón o el metal con tanta pasión que desee compartirlo con el resto del bus. Está bien, “en cosa de gustos no hay nada escrito” y todos somos libres de elegir cómo y dónde perdemos nuestro tiempo. Pero, por favor, déjenme malgastar el mío en paz.
No entiendo cómo los conductores y acomodadores se organizan cual mafia para vender y revender asientos a precios exorbitantes a quienes encuentren en el camino, pero si se ven en apuros no dudan en descender al incauto en el primer peaje que encuentren con la certeza de “le reembolsaremos su dinero”. Créanme, yo fui testigo de un caso.
No entiendo por qué, al parecer, soy la única persona en el mundo a la que le molesta todo lo anterior.

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