domingo, 25 de septiembre de 2011

(Columna publicada el sábado 23 de septiembre en el diario penquista W5)
Muchos sostienen que la mejor forma de reconocer a un provinciano es buscar en cada esquina a aquel personaje que mira obnubilado y detenidamente la ciudad. Y es muy cierto, pero suele suceder que quienes lo dicen son los mismos santiaguinos que, acostumbrados a vivir en la capital, no la valoran ni tampoco comprenden por qué es tan común llegar a ella por un período definido, postergar interminablemente el regreso y finalmente radicarse para siempre, o casi.

Es una imagen tan clásica que incluso existe una obra de teatro que la ejemplifica con suficiente humor. Su nombre: “La pérgola de las flores”. Su trama: el arribo de la ingenua campesina Carmela a Santiago desde su natal San Rosendo. Y aunque mi historia no es idéntica – no llegué con un canasto con gallinas ni huevos duros – me faltó muy poco.

Para todos aquellos que aún no entienden tanto encantamiento, o para los temerosos que todavía no se atreven a juntar sus pilchas y emprender el vuelo, aquí van varias razones de por qué ninguna otra ciudad se parece a Santiago:

UNO. Porque no es necesario esperar hasta el viernes para que los bares, restaurantes y cafés mantengan sus puertas abiertas hasta altas horas de la madrugada. Ni menos verse obligado, un domingo en la mañana, a tomarse una cerveza en su terraza personal – mis condolencias para los desafortunados que carecen de una –, puesto que ningún refectorio abre antes de las 13 horas. No, señor, eso no sucede acá.

DOS. Porque los departamentos que dan hacia el sur y, por ende, están desprovistos de sol durante todo el año, no se llenan de hongos, gusanos ni cucarachas. Ahora, si usted es friolento como quien les escribe, deberá procurarse una buena estufa que lo acompañe durante los cortos meses de invierno. Además, le recuerdo que acá el verano ES verano, por lo que no es necesario salir acompañado de un chaleco o polerón previendo las tardecitas refrescantes.

TRES. Porque –a diferencia de lo que se podría suponer– quienes disfrutan de la naturaleza en Santiago tendrán la oportunidad de conectarse con ella, aunque sea a ratos. Es cierto, en la capital existe mucha construcción de fierro y cemento, pero también mucho cerro en donde los deportistas madrugadores –qué envidia todos ellos– suelen aprovechar su tiempo. También los parques muy bien utilizados por familias enteras junto al coche, la guagua, el perro, la pelota de fútbol y la maña por el helado.

CUATRO. Porque si usted es amante de la arquitectura y los barrios con aires europeos, le 
aseguro que jamás se aburrirá de recorrer y aplanar sus calles y siempre, siempre habrá algún edificio que lo maraville. A esto súmele que casi todos los rincones de la ciudad tienen vida propia, y no es tan común encontrarse con construcciones feas, horribles.

CINCO. Porque, aunque es cierto que el Transantiago es un monstruo que espantaría al mismísimo Chucky, la mayoría de la ciudad está interconectada por ciclovías que facilitan el desplazamiento de los más ecológicos. Y con precaución, el correspondiente casco – que, por los demás, es obligatorio –, y respetando todas las normas del tránsito, se debería llegar a destino sano y salvo. Eso sí, a los creyentes siempre se les recomienda rezar un par de rosarios antes de emprender sus travesías.

SEIS. Porque aunque lo suyo no sea perder su tiempo encerrado en cuatro paredes intentando comprender obras que –en muchas ocasiones– ni el autor logró encontrarle un significado, es imperdonable, léame bien, IMPERDONABLE que no visite con relativa frecuencia algunos museos donde, con cierta periodicidad, exhiben colecciones de grandes artistas de todos los tiempos que sólo conocemos a través de internet y de los libros ilustrados.

SIETE. Porque músicos de reconocida trayectoria internacional deciden pisar por primera vez o  -en algunos casos- regresar a este terruño del tercer mundo con economía del primero, pero adivine: sólo deleitarán a sus fanáticos de Santiago. El resto, que rompa el chanchito y, a su ya excesivamente costosa entrada, agréguele un par de cómodos pasajes y una estadía de al menos una noche en hotel de mala muerte para no espantar a sus vecinos de viaje. En casos como éste, el bolseo en hogares de parientes de cuarto grado es justificado y entendible.

OCHO. Porque, tal como cantaba Carmela: “allá la vida es muy sana, pero nunca pasa na”. Y que algunos incautos aún sigan sosteniendo que Concepción es la segunda ciudad más grande de Chile, ¡JA!

martes, 20 de septiembre de 2011

Por qué odio los viajes en bus interprovincial

(Crónica publicada el lunes 19 de septiembre en el diario penquista W5)

No debería, y lo tengo muy claro. Primero, porque dadas las circunstancias actuales irremediablemente debo viajar muy seguido a la ciudad que me vio crecer, desarrollarme y también deformarme, esa que por sus obvias características algunos prefieren apodarla “la ciudad de la lluvia”. Y segundo, porque claramente la única que sufre, se enrabia y pasa un mal rato, soy yo y nadie, nadie más.

Sin embargo, estas dos sensatas razones no impiden que, horas antes de emprender mis constantes travesías, sienta un nudo en el estómago y una especie de ahogo que más de un especialista analizaría concienzudamente intentando inmiscuirse en historias que no le conciernen.  Cretinos todos ellos…

Pero volvamos al título de esta columna, ¿por qué odio los viajes en bus? Fácil y sencilla respuesta: por mis vecinos de asiento. Y no es que sea antisocial (o quizás sí lo soy un poco), pero dentro de los clásicos márgenes permitidos– aquellos donde mi espacio privado posee un precio invaluable en moneda nacional–, no logro comprender ese actuar tan de moda donde tu vecino vale menos que un paquete de papitas fritas. Y para que me entiendan mejor, se los ejemplificaré:

No entiendo por qué debo enterarme de resultados universitarios, trabajos pendientes, turbios negocios, amantes despechadas, arreglines laborales y enojos familiares, gracias a un vecino poco pudoroso que conversa por celular como si estuviese en la feria y debiese gritar para que su interlocutor lo escuchase, si yo sólo quiero dormir.

No entiendo por qué las empresas de buses se empeñan en exhibir las últimas películas  del mercado (que, conste, es ilegal) al máximo volumen para que todos, incluso el abuelito con su auricular vencido, logren seguir la trama de la cinta. Les aseguro que ni a ese viejito ni a mí nos interesa quedar con tortícolis, quemar nuestros ojos intentando leer los subtítulos y gastar nuestra atención en historias muchas veces ya vistas.

No entiendo por qué los niños de hoy tienen licencia para llorar, gritar, escupir y mañosear,  y uno la obligación de aguantarlos, bajo la premisa de que “si son chicos, hay que tener paciencia con ellos, todos fuimos pequeños”. Pero, claro, señora, yo también fui menudita y tuve infancia, aunque jamás se me pasó por la mente presentar la obra de teatro “Cómo sacar de quicio a mamá” en público y, debo confesarlo, tampoco en privado.

No entiendo que mi compañero de puesto ame el reggaetón o el metal con tanta pasión que desee compartirlo con el resto del bus. Está bien, “en cosa de gustos no hay nada escrito” y todos somos libres de elegir cómo y dónde perdemos nuestro tiempo. Pero, por favor, déjenme malgastar el mío en paz.

No entiendo cómo los conductores y acomodadores se organizan cual mafia para vender y revender asientos a precios exorbitantes a quienes encuentren en el camino, pero si se ven en apuros no dudan en descender al incauto en el primer peaje que encuentren con la certeza de “le reembolsaremos su dinero”. Créanme, yo fui testigo de un caso.

No entiendo por qué, al parecer, soy la única persona en el mundo a la que le molesta todo lo anterior.

martes, 5 de julio de 2011

Salva tu vida y dispón de ella

Decir que el libro “Nuestros años de verde olivo”, de Roberto Ampuero, relata el desencanto que experimenta un militante de las Juventudes Comunistas al vivir en carne propia los vejámenes de los regímenes de izquierda, sería repetido y simple. Repetido porque al ser un libro publicado inicialmente en 1999 cuenta ya con varias reseñas y una más no vendría al caso. Y simple, porque basta con leer la contraportada para comprender que es un texto autobiográfico, donde el autor relata cómo, a fines de los años 70, fue uno de los tantos chilenos exiliados que se refugió en Alemania, para luego escapar al lugar que, en ese entonces, se suponía el más cercano al paraíso terrenal: Cuba.

Pero la esencia de la novela está quizás en las primeras páginas, cuando describe su desilusión y posterior huida al observar la fuga de los dirigentes políticos, segundos después de haber arengado a los más jóvenes a repeler las fuerzas militares con armas obsoletas. “El brinco sobre aquel muro, sin documentos que acreditaran mi militancia, adquirió a la postre un profundo contenido simbólico para mí. No sólo me había permitido salvar mi vida, sino también comprender que debía comenzar a disponer de ella”. En sencillas palabras, la mejor enseñanza que nos puede entregar el libro: haz de tu vida lo que te plazca, pero libre de partidos políticos, ideologías absurdas o dogmas religiosos. No permitas que nadie dirija tu existencia.

El resto, y sin desmerecerlo en lo más mínimo, es un continuo relato de las brutalidades más insospechadas que la historia se ha encargado de amparar hasta hoy y que poco a poco han salido a la luz pública: divisiones y traiciones al interior de los partidos, soplonaje y acusaciones injustificadas, matanzas al por mayor, corrupción, hambre, temor y decepción. Mucha decepción. Y todo en el nombre de la dignificación de los trabajadores, la libertad de los pueblos y la causa revolucionaria.

Ampuero realiza un mea culpa y reconoce que fue uno más de los tantos que cayeron embobados ante la falsa promesa de un futuro mejor, pero que – a diferencia de muchos –  logró comprobar in situ y a tiempo que los ideales por los cuales tanto había luchado en su juventud no eran más que una simple y llana utopía. Y que, como toda utopía, jamás debieron salir de los libros, que es el único lugar donde no causan daño.

lunes, 4 de julio de 2011

Qué saben de cordillera


El frío me congela las manos y escama la nariz, pero también, cuando estoy atenta, me regala postales que comúnmente no estoy acostumbrada a apreciar. O quizás sí, no lo sé. El asunto es que en un año más no la veré y no porque viaje fuera del país, se vote a huelga o se desmorone, nada de eso. Simplemente porque los gigantescos edificios que se multiplican como callampas en un bosque del sur, la suplantarán en mi vista.

Diariamente el smog tampoco me permite disfrutar de ella, pero aunque ya se logra apreciar la grúa y los fierros de la que será una más de esas enormes construcciones, aún existe ese pequeño espacio entre edificio y edificio, lugar por el que ella se asoma, cada cierto tiempo, para intentar ver el mar.  

Hoy, desde la ventana de mi céntrico piso, fui una afortunada momentánea. Esta tarde, iluminada por el sol anaranjado, la cordillera parecía un niño en puntilla despidiéndose de la visita de su abuelo, sin saber si mañana volverá a verlo.


martes, 28 de junio de 2011

Esos extraños dibujitos

En mi reciente viaje a Concepción, al toparme de narices frente a un ejemplar de “Toda Mafalda”, recordé un pequeño cuento publicado en el Diario El Sur, un domingo 11 de marzo de 2007. Aquí se los dejo:

No faltaba más

“Cómo no te voy a querer, cómo no te voy a querer”, le cantan a la roja cuando va perdiendo 5-0. Pero Margarita lo decía con razón, cómo no iba a querer a Mafalda. Si había estado en todas, peor que perro faldero, compitiendo a diario con la mejor de sus amigas. 

La conoció cuando aún no alcanzaba el metro de altura y buscar ilustraciones en los libros era el mejor de los pasatiempos. Podía pasar horas revisando minuciosamente hoja por hoja hasta dar con alguna y, así, intentar dilucidar el misterio que se escondía tras ellas. Porque por cierto en ese entonces Margarita aún no sabía leer. Y cuando encontró ese libro de tapas plateadas lleno de extraños dibujitos, no existió mejor incentivo para aprender. De tanto leerlos, lo fue memorizando y de ahí no la abandonaron más, nunca más. Siempre recordaba alguno, estuviese donde estuviese, siempre había uno acorde a cada situación. Incluso, años más tarde, cuando perdió a uno de los que más quería, no faltó aquel que en un intento por consolarla le repitió lo de siempre: “No eres la única que sufre, piensa en los demás”, y otra vez apareció entre las sombras Mafalda junto a Felipe angustiado por la vuelta a clases… al diablo con los demás, ¿acaso no entienden que la angustia no es un conventillo?

miércoles, 15 de junio de 2011

Salen las nenas y comienza la fiesta

 
Todo indica que estoy situada en pleno “Santiago centro”, pero en ningún caso es el punto neurálgico de la capital, incluso podría ser una una esquina más de cualquier ciudad de provincia.

De día, la intersección de las calles Alonso de Ovalle y San Francisco es un lugar de paso. Un edificio de estacionamientos, locales de abarrotes, negocios de gasfitería junto con un paradero con destino a El Sauce, justifican los escasos transeúntes que deambulan por aquí. Sin embargo, una vez que la Luna despierta y el sonido de las micros se disipa hasta ser inaudible, aparece la cara oculta de toda urbe. A escasos metros de mi edificio, una antigua e incógnita casona abre sus puertas, salen las nenas y comienza la fiesta. Los taxis con visitas agolpan la entrada, mientras que en cada esquina extraños y oscuros personajes se protegen del frío observando fijamente, y esperando. 

Cuando la oscuridad es total y el alumbrado público simplemente no alumbra, cinco pisos arriba, en mi pequeño departamento de grandes ventanales, prefiero cerrar las cortinas: siempre existirán verdades que es mejor desconocer. Y todo esto, a una cuadra de la Alameda y tres de La Moneda.

jueves, 9 de junio de 2011

Un buen trayecto de la vida

La llevo grabada con fuego y no porque yo lo desee. "Se puede huir de todo, salvo de la búsqueda del amor y de la infancia". La primera vez que escuché esa frase estaba en clases de literatura y, en pleno análisis del libro "El amor en los tiempos del cólera", salió al tapete dicha verdad. Inmediatamente entendí algunas historias y no sólo mías.

Del amor no emitiré declaración, pero sí de la bendita infancia. Esos momentos que deberían ser para todos -casi como un decreto de la Constitución- recuerdos de pura y sana felicidad. Aunque aun así no se podría asegurar un mundo menos deplorable.

¿A qué viene tanto comentario? Pues a la sencilla razón de que visité la muestra de juguetes antiguos que se encuentra en el Palacio de la Moneda y recordé MI niñez. Y si bien es cierto que la mayoría de los modelos ubicados detrás de las vitrinas entretuvieron a otras generaciones -soy muy joven, señor juez-, desfilaron por mi mente esos instantes de extrema ingenuidad, cuando no alcanzaba las manillas de las puertas y creía que el mundo entero se regía bajo las nobles normas de mi hogar. Cuando pensaba que la vida se arreglaba mirando a los ojos y diciendo la verdad, o peor aún, cuando suponía que aquellos a los que amamos con las entrañas nos acompañarían toda la vida, o por lo menos, un buen trayecto de ella (más de dieciocho años, por favor, eso no es justo).

A pesar de lo feliz que fui en mi infancia, les aseguro que jamás volvería a ella: el golpe con la cruda realidad es demasiado fuerte y el tiempo de recuperación, demasiado largo.

lunes, 6 de junio de 2011

La ficción siempre será mejor

Debo reconocerlo. Las grandes sagas del cine que marcaron a varias generaciones nunca fueron mis favoritas. Tenía la idea de que eran súper producciones vacías, sin sentido, por eso – y a pesar de ver algunas – nunca les di una real oportunidad. Hasta este verano, cuando por esas vueltas del destino, me topé de frente con la versión remasterizada de Volver al Futuro.

Y vaya que estaba equivocada. Además de atraer mi atención a lo largo de todos sus minutos, la cinta logró convencerme: era mucho más que una simple historia futurista como yo pensaba, era y quizás sigue siendo la mejor película de ciencia ficción de la década.

Como las historias nunca terminan del todo, a la mía aún le faltaba una vuelta para completar el primero de sus muchos ciclos: hace un par de semanas conocí el Museo de la Moda, donde unos de sus principales atractivos es el modelo original del auto volador de Marty McFly en el filme que les menciono, sin embargo, apenas crucé el umbral, mi desilusión fue mayor.

Es cierto, el De Lorean estaba ahí, pero parecía de juguete, indefenso, con los cables a la vista, agradeciendo la protección que le brindaba el vidrio y que lo mantenía alejado de curiosos y malcriados. No era ni tan grande ni tan potente, era sólo un simple auto acondicionado para cumplir con las necesidades estéticas del director. Ni más ni menos.

Si alguien fue, o peor aún, sigue siendo fanático de la película, mejor que se abstenga de visitar la muestra: siempre será mejor quedarse con la imagen futurista de sus personajes intentando recomponer el presente. Les aseguro que la realidad es mucho más sencilla y triste.

martes, 24 de mayo de 2011

La espalda de un dragón dormido


¿Se han percatado de lo bello que es Santiago un día domingo? Y no hablo de los lugares típicos, como los parques y calles bohemias que los días soleados parecieran cobrar más vida o por lo menos caminan por ellos personas que los disfrutan.  Me refiero a esa ciudad que durante la semana juega un rol importante en el quehacer de todos sus habitantes, pero que, una vez que el ajetreo cotidiano está momentáneamente en pausa, pierde protagonismo.
Cuando los locales bajan sus cortinas metálicas y los papeles de los edificios gubernamentales se encuentran más quietos que de costumbre, la ciudad muestra su real cara, no la más amable sino la más verídica, esa que sólo se atreve a exhibir sus cicatrices de guerra cuando baja la guardia y cree que nadie la observa. Esas marcas testifican que, para llegar a ser la gran urbe que hoy es, debió pasar por pequeñas grandes batallas que le dejaron una fuerte dicotomía entre lo antiguo y lo moderno, entre la memoria y el porvenir.
Recorrer sus calles eternas y vacías es como caminar por la espalda de un dragón dormido: tenemos que seguir nuestra marcha en silencio y muy atentos, sólo así descubriremos algunos de sus más íntimos secretos, porque una vez despierto, nada volverá a ser igual.

domingo, 22 de mayo de 2011

París-Londres

Nací en Santiago y durante mis primeros años de vida crecí en pleno centro, en esa intersección de calles con nombres  de capitales europeas: París- Londres.  Veinte años después, sin planearlo, sino más bien por los designios del destino, regresé a ese lugar.
Hoy vivo exactamente a una cuadra de mi ex hogar y cada vez que voy y vuelvo de mi trabajo, camino por sus calles de adoquines y fachadas  que mezclan estilos neoclásico, barroco e -incluso- ciertos rasgos renacentistas, según los más entendidos.  Por mis paseos diarios y por mi obvia fijación con este lugar es que concuerdo plenamente cuando definen a este barrio construido en la década de 1920,  como un "oasis histórico dentro de la ciudad". No se equivocan, esa es la más certera de las descripciones, porque a pesar de intersectar la Alameda y morir apenas se encuentra con Alonso de Ovalle, el silencio de sus plazas y los recovecos de sus exactas cuatro cuadras parecieran decirnos que aún queda esperanza para todos aquellos que nos asustamos con las inmobiliarias y sus monstruosos engendros que devoran todo a su camino.

domingo, 15 de mayo de 2011

El comienzo

Porque todo en la vida es 90% trabajo y 10% talento, porque como dice Robert Kincaid “uno es lo que produce”, porque las promesas se cumplen y, por último, porque prefiero que sea el destino el que decida si me toca perderme y no la apatía. Por todo esto y mucho más comienzo este blog. Sin mayores aspiraciones, sólo la noble intención de darle un pequeño giro a una vida que recién comienza, pero que corre el riesgo de ser devorada por un trabajo y una rutina que no le agradan del todo. 
Con estas sencillas razones intentaré plasmar algo de la esencia de Santiago, esta enorme y hermosa ciudad que esconde millones de historias.