miércoles, 8 de febrero de 2012

I want to ride my bicycle *



Vacaciones en Buenos Aires, 34 grados de calor, millones de lugares por visitar, barrios legendarios, librerías de viejos y de jóvenes, la alameda más grande del mundo, calles angostas y en pésimo estado, cansancio crónico de tanto caminar, ganas locas de no perder un minuto en la ciudad más bella de América Latina… ¿solución? ¡Pedalear en dos ruedas!

Gracias a que la llave electrónica de la habitación no funcionaba y debimos retrasar algunos minutos nuestro descanso esperando que nos dieran una pronta solución, comencé a revisar los clásicos folletos que se encuentran en la recepción de todo hotel. Eran muchos y de temas muy variados: descuentos para turistas, mapas de la urbe y shows de tangos, pero uno captó mi atención. Con la foto de un grupo de jóvenes pedaleando, La Bicicleta Naranja ofrecía atractivos tours por toda la ciudad.

Sin pensarlo más, decidimos aprovechar la oportunidad y nos dirigimos raudamente al mercado de San Telmo, donde se ubicaba la oficina en cuestión. Tras sortear una especie de terminal atestado de chucherías para timar al gringo y sus dólares, dimos con el local y arrendamos dos bicicletas que fueron nuestra salvación.

La Reserva Ecológica, Puerto Madero, el centro de la ciudad y las calles sin protagonismo en los itinerarios para viajeros conformaron nuestra ruta. Con el viento rozando los rostros y mitigando el calor sofocante, decidir las vías por dónde continuar el trayecto adquirió un significado de intrépida aventura, aunque la velocidad promedio fuese de tan sólo 20 kilómetros por hora.  

Como las bicicletas no eran de último modelo, debimos inyectar toda la energía para logar el cometido, principalmente en los caminos de tierra de la primera parada. La Reserva Ecológica es un paraíso para desconectarse y disfrutar del verdor que contrasta con ese gris ratón tan propio de los edificios. Este humedal, a pasos de la efervescencia propia de la metrópoli, cuenta con senderos demarcados con ripio y cómodos asientos a la sombra de los árboles, cada trescientos metros.

Luego, seguimos nuestra odisea por Puerto Madero, un lugar con tiendas y restaurantes carísimos y cuya vereda oriente fue construida pensando en los ciclistas y amantes de los patines: es de un cemento tan suave que el esfuerzo anteriormente administrado se mitiga considerablemente. No pudimos resistirnos a la tentación de cruzar el puente de La Mujer. Diseñado por Santiago Calatrava, este puente giratorio que evoca la imagen de una pareja bailando tango, fue una imagen que inmortalizamos arriba de nuestras bicis.

Nos costó  dar con una ciclovía que nos llevara de regreso, pero tras titubear por algunas calles, logramos encontrar una que nos llevó directo a la Casa Rosada, sin Evita, y de ahí a vagar – en el sentido más literal de la palabra – por esa capital llena de leyendas, pensando en cuántos personajes habrán transitado por ella, cuántos se habrán detenido a mirar esas construcciones que datan de otros siglos y que aún siguen en pie y, por sobre todo, cuántos habrán disfrutado hasta la médula de los huesos la esencia del lugar.  

Para coronar el paseo, de regreso presentamos dos cupones de descuento ofrecidos en el hotel y rebajamos considerablemente el valor de nuestro espectacular modo de conocer Buenos Aires. Definitivamente, Karl Drais – el descubridor de la bici – fue un genio.

* De la canción Bicycle Race de Queen.

martes, 7 de febrero de 2012

Para que después no termines compadeciéndote



Tokio Blues (Norwegian Wood), Haruki Murakami

"En este mundo hay gente que, a pesar de estar dotada de un talento excepcional, son incapaces de realizar el esfuerzo necesario para sistematizarlo, y su talento se acaba malogrando (…) ¿Por qué? Porque no se esfuerzan. Porque jamás les han inculcado el sentido de la disciplina. Porque los han estropeado. Y acaban concibiendo el tesón como una estupidez". 

En esta lección de vida pronunciada por Reiko, amiga del protagonista de Tokio Blues, se comprime una de las razones de la frustración que agobia a la sociedad actual: todos estamos provistos de dones únicos, pero la razón del éxito radica en que sólo unos pocos tienen el coraje de aceptar el rigor y la constancia como norma de subsistencia.

En Tokio Blues, de Haruki Murakami, el suicidio de Kizuki tiñe para siempre la vida de su novia Naoko y su mejor amigo Watabe. Tras el ingreso a la secundaria, los dos se reencuentran e inician una peculiar relación marcada por la incomunicación, para volver a distanciarse tras la repentina desaparición de Naoko. Watabe se refugia en la soledad – que no le incomoda mayormente – y sólo la aparición de la joven y extrovertida Midori junto a Hagasawa, camarada de la residencia, serán sus principales y, por qué no, únicas, distracciones y contactos con el mundo exterior. Ese mundo donde el amor y el sexo son amables compañeros.

A pesar de la melancolía que acompaña al protagonista, parece comprender a cabalidad el consejo que le ofrece Hagasawa: "No te compadezcas a ti mismo. Eso sólo lo hacen los mediocres". Y entiende que sólo queda salir adelante y encargarse de las decisiones: ese es el precio que se debe pagar al optar por la vida.

El libro cuenta, además, con una de las más notables lecciones de periodismo y narrativa: el único truco es escribir lo que otra persona no podría, sentencia Midori al explicar su trabajo como reseñadora de mapas:
    “- No hace falta escribir nada del otro mundo. (…) Basta con redactar algo decente. Anécdotas visuales, emotivas.
-        Sí, pero debes buscar todas esas anécdotas y no debe de ser fácil.
-        Tienes razón, pero si las buscas las encuentras. Y si no las encuentras, siempre puedes inventarte algo. Algo inofensivo, claro.”

En Tokio Blues, la soledad es la principal protagonista. Y sus personajes entienden que la única salida es aprender a vivir con ella.

jueves, 2 de febrero de 2012

Corrientes bajo 36 grados



Era nuestro último día en Buenos Aires, 36 grados asolaban las calles de la ciudad y el cansancio tras cinco días recorriendo la capital brotaba por nuestros poros y se notaba incluso en nuestra exhausta forma de caminar bajo ese sol aplastante.

Días previos a nuestra partida había divisado en una vieja librería el texto “Pudor”, de Santiago Roncagliolo, en perfecto estado y a sólo 20 pesos argentinos, unos dos mil pesos chilenos y, como no me decidí en aquel instante, sentía ahora –a minutos de que el transfer pasara por nosotros  para conducirnos al aeropuerto– que no podía marcharme sin antes haber intentado adquirir el libro. 

Entonces modificamos el recorrido de regreso al hotel y nos aventurarnos ante la posibilidad de que, un domingo cualquiera, las librerías estuvieran abiertas a la espera de turistas rezagados. Ni en la primera, segunda y tercera cuadra logramos dar con la tienda, la mayoría de los locales mantenían sus cortinas abajo y sólo los clásicos cafecitos y quioscos bonaerenses se daban el trabajo de alegrar la popular calle Corrientes. Recién en la cuarta vereda, cuando ya casi dábamos por perdida la búsqueda, reconocí los estantes, revisé un ejemplar que estuviera sellado y, sin pensarlo más, me dirigí a la caja para cancelar mi última adquisición del viaje.

Aún no comienzo a leerlo, pero veo con alegría cómo, junto a los otros libros que cruzaron la cordillera conmigo, continúan engrosando mi pequeña biblioteca personal. Tengo, además, la seguridad de que era una oportunidad única que no debía dejar pasar: en Chile no habría ocurrido, a menos que el libro fuera de tercera mano, estuviera sucio y  le faltara un par de hojas.

domingo, 25 de septiembre de 2011

(Columna publicada el sábado 23 de septiembre en el diario penquista W5)
Muchos sostienen que la mejor forma de reconocer a un provinciano es buscar en cada esquina a aquel personaje que mira obnubilado y detenidamente la ciudad. Y es muy cierto, pero suele suceder que quienes lo dicen son los mismos santiaguinos que, acostumbrados a vivir en la capital, no la valoran ni tampoco comprenden por qué es tan común llegar a ella por un período definido, postergar interminablemente el regreso y finalmente radicarse para siempre, o casi.

Es una imagen tan clásica que incluso existe una obra de teatro que la ejemplifica con suficiente humor. Su nombre: “La pérgola de las flores”. Su trama: el arribo de la ingenua campesina Carmela a Santiago desde su natal San Rosendo. Y aunque mi historia no es idéntica – no llegué con un canasto con gallinas ni huevos duros – me faltó muy poco.

Para todos aquellos que aún no entienden tanto encantamiento, o para los temerosos que todavía no se atreven a juntar sus pilchas y emprender el vuelo, aquí van varias razones de por qué ninguna otra ciudad se parece a Santiago:

UNO. Porque no es necesario esperar hasta el viernes para que los bares, restaurantes y cafés mantengan sus puertas abiertas hasta altas horas de la madrugada. Ni menos verse obligado, un domingo en la mañana, a tomarse una cerveza en su terraza personal – mis condolencias para los desafortunados que carecen de una –, puesto que ningún refectorio abre antes de las 13 horas. No, señor, eso no sucede acá.

DOS. Porque los departamentos que dan hacia el sur y, por ende, están desprovistos de sol durante todo el año, no se llenan de hongos, gusanos ni cucarachas. Ahora, si usted es friolento como quien les escribe, deberá procurarse una buena estufa que lo acompañe durante los cortos meses de invierno. Además, le recuerdo que acá el verano ES verano, por lo que no es necesario salir acompañado de un chaleco o polerón previendo las tardecitas refrescantes.

TRES. Porque –a diferencia de lo que se podría suponer– quienes disfrutan de la naturaleza en Santiago tendrán la oportunidad de conectarse con ella, aunque sea a ratos. Es cierto, en la capital existe mucha construcción de fierro y cemento, pero también mucho cerro en donde los deportistas madrugadores –qué envidia todos ellos– suelen aprovechar su tiempo. También los parques muy bien utilizados por familias enteras junto al coche, la guagua, el perro, la pelota de fútbol y la maña por el helado.

CUATRO. Porque si usted es amante de la arquitectura y los barrios con aires europeos, le 
aseguro que jamás se aburrirá de recorrer y aplanar sus calles y siempre, siempre habrá algún edificio que lo maraville. A esto súmele que casi todos los rincones de la ciudad tienen vida propia, y no es tan común encontrarse con construcciones feas, horribles.

CINCO. Porque, aunque es cierto que el Transantiago es un monstruo que espantaría al mismísimo Chucky, la mayoría de la ciudad está interconectada por ciclovías que facilitan el desplazamiento de los más ecológicos. Y con precaución, el correspondiente casco – que, por los demás, es obligatorio –, y respetando todas las normas del tránsito, se debería llegar a destino sano y salvo. Eso sí, a los creyentes siempre se les recomienda rezar un par de rosarios antes de emprender sus travesías.

SEIS. Porque aunque lo suyo no sea perder su tiempo encerrado en cuatro paredes intentando comprender obras que –en muchas ocasiones– ni el autor logró encontrarle un significado, es imperdonable, léame bien, IMPERDONABLE que no visite con relativa frecuencia algunos museos donde, con cierta periodicidad, exhiben colecciones de grandes artistas de todos los tiempos que sólo conocemos a través de internet y de los libros ilustrados.

SIETE. Porque músicos de reconocida trayectoria internacional deciden pisar por primera vez o  -en algunos casos- regresar a este terruño del tercer mundo con economía del primero, pero adivine: sólo deleitarán a sus fanáticos de Santiago. El resto, que rompa el chanchito y, a su ya excesivamente costosa entrada, agréguele un par de cómodos pasajes y una estadía de al menos una noche en hotel de mala muerte para no espantar a sus vecinos de viaje. En casos como éste, el bolseo en hogares de parientes de cuarto grado es justificado y entendible.

OCHO. Porque, tal como cantaba Carmela: “allá la vida es muy sana, pero nunca pasa na”. Y que algunos incautos aún sigan sosteniendo que Concepción es la segunda ciudad más grande de Chile, ¡JA!

martes, 20 de septiembre de 2011

Por qué odio los viajes en bus interprovincial

(Crónica publicada el lunes 19 de septiembre en el diario penquista W5)

No debería, y lo tengo muy claro. Primero, porque dadas las circunstancias actuales irremediablemente debo viajar muy seguido a la ciudad que me vio crecer, desarrollarme y también deformarme, esa que por sus obvias características algunos prefieren apodarla “la ciudad de la lluvia”. Y segundo, porque claramente la única que sufre, se enrabia y pasa un mal rato, soy yo y nadie, nadie más.

Sin embargo, estas dos sensatas razones no impiden que, horas antes de emprender mis constantes travesías, sienta un nudo en el estómago y una especie de ahogo que más de un especialista analizaría concienzudamente intentando inmiscuirse en historias que no le conciernen.  Cretinos todos ellos…

Pero volvamos al título de esta columna, ¿por qué odio los viajes en bus? Fácil y sencilla respuesta: por mis vecinos de asiento. Y no es que sea antisocial (o quizás sí lo soy un poco), pero dentro de los clásicos márgenes permitidos– aquellos donde mi espacio privado posee un precio invaluable en moneda nacional–, no logro comprender ese actuar tan de moda donde tu vecino vale menos que un paquete de papitas fritas. Y para que me entiendan mejor, se los ejemplificaré:

No entiendo por qué debo enterarme de resultados universitarios, trabajos pendientes, turbios negocios, amantes despechadas, arreglines laborales y enojos familiares, gracias a un vecino poco pudoroso que conversa por celular como si estuviese en la feria y debiese gritar para que su interlocutor lo escuchase, si yo sólo quiero dormir.

No entiendo por qué las empresas de buses se empeñan en exhibir las últimas películas  del mercado (que, conste, es ilegal) al máximo volumen para que todos, incluso el abuelito con su auricular vencido, logren seguir la trama de la cinta. Les aseguro que ni a ese viejito ni a mí nos interesa quedar con tortícolis, quemar nuestros ojos intentando leer los subtítulos y gastar nuestra atención en historias muchas veces ya vistas.

No entiendo por qué los niños de hoy tienen licencia para llorar, gritar, escupir y mañosear,  y uno la obligación de aguantarlos, bajo la premisa de que “si son chicos, hay que tener paciencia con ellos, todos fuimos pequeños”. Pero, claro, señora, yo también fui menudita y tuve infancia, aunque jamás se me pasó por la mente presentar la obra de teatro “Cómo sacar de quicio a mamá” en público y, debo confesarlo, tampoco en privado.

No entiendo que mi compañero de puesto ame el reggaetón o el metal con tanta pasión que desee compartirlo con el resto del bus. Está bien, “en cosa de gustos no hay nada escrito” y todos somos libres de elegir cómo y dónde perdemos nuestro tiempo. Pero, por favor, déjenme malgastar el mío en paz.

No entiendo cómo los conductores y acomodadores se organizan cual mafia para vender y revender asientos a precios exorbitantes a quienes encuentren en el camino, pero si se ven en apuros no dudan en descender al incauto en el primer peaje que encuentren con la certeza de “le reembolsaremos su dinero”. Créanme, yo fui testigo de un caso.

No entiendo por qué, al parecer, soy la única persona en el mundo a la que le molesta todo lo anterior.

martes, 5 de julio de 2011

Salva tu vida y dispón de ella

Decir que el libro “Nuestros años de verde olivo”, de Roberto Ampuero, relata el desencanto que experimenta un militante de las Juventudes Comunistas al vivir en carne propia los vejámenes de los regímenes de izquierda, sería repetido y simple. Repetido porque al ser un libro publicado inicialmente en 1999 cuenta ya con varias reseñas y una más no vendría al caso. Y simple, porque basta con leer la contraportada para comprender que es un texto autobiográfico, donde el autor relata cómo, a fines de los años 70, fue uno de los tantos chilenos exiliados que se refugió en Alemania, para luego escapar al lugar que, en ese entonces, se suponía el más cercano al paraíso terrenal: Cuba.

Pero la esencia de la novela está quizás en las primeras páginas, cuando describe su desilusión y posterior huida al observar la fuga de los dirigentes políticos, segundos después de haber arengado a los más jóvenes a repeler las fuerzas militares con armas obsoletas. “El brinco sobre aquel muro, sin documentos que acreditaran mi militancia, adquirió a la postre un profundo contenido simbólico para mí. No sólo me había permitido salvar mi vida, sino también comprender que debía comenzar a disponer de ella”. En sencillas palabras, la mejor enseñanza que nos puede entregar el libro: haz de tu vida lo que te plazca, pero libre de partidos políticos, ideologías absurdas o dogmas religiosos. No permitas que nadie dirija tu existencia.

El resto, y sin desmerecerlo en lo más mínimo, es un continuo relato de las brutalidades más insospechadas que la historia se ha encargado de amparar hasta hoy y que poco a poco han salido a la luz pública: divisiones y traiciones al interior de los partidos, soplonaje y acusaciones injustificadas, matanzas al por mayor, corrupción, hambre, temor y decepción. Mucha decepción. Y todo en el nombre de la dignificación de los trabajadores, la libertad de los pueblos y la causa revolucionaria.

Ampuero realiza un mea culpa y reconoce que fue uno más de los tantos que cayeron embobados ante la falsa promesa de un futuro mejor, pero que – a diferencia de muchos –  logró comprobar in situ y a tiempo que los ideales por los cuales tanto había luchado en su juventud no eran más que una simple y llana utopía. Y que, como toda utopía, jamás debieron salir de los libros, que es el único lugar donde no causan daño.

lunes, 4 de julio de 2011

Qué saben de cordillera


El frío me congela las manos y escama la nariz, pero también, cuando estoy atenta, me regala postales que comúnmente no estoy acostumbrada a apreciar. O quizás sí, no lo sé. El asunto es que en un año más no la veré y no porque viaje fuera del país, se vote a huelga o se desmorone, nada de eso. Simplemente porque los gigantescos edificios que se multiplican como callampas en un bosque del sur, la suplantarán en mi vista.

Diariamente el smog tampoco me permite disfrutar de ella, pero aunque ya se logra apreciar la grúa y los fierros de la que será una más de esas enormes construcciones, aún existe ese pequeño espacio entre edificio y edificio, lugar por el que ella se asoma, cada cierto tiempo, para intentar ver el mar.  

Hoy, desde la ventana de mi céntrico piso, fui una afortunada momentánea. Esta tarde, iluminada por el sol anaranjado, la cordillera parecía un niño en puntilla despidiéndose de la visita de su abuelo, sin saber si mañana volverá a verlo.