Aunque
me cueste reconocerlo, Morfeo es mi principal amigo-enemigo, una especie de
“amigas y rivales” (amo y odio mi facilidad para dormir), mezclada con amigo imaginario
(no he visto su cara, aunque tampoco lo he intentado) y unas gotitas de
amiguita pastel (de esa que llama para contarte que la patearon por fresca
justo cuando estás celebrando tu aumento de sueldo).
En
fin, la cosa es que todos los días –incluyendo sábados, domingos, feriados
nacionales, año nuevo chino y natalicio del babyjisus–
Morfeo ataca mi cama, apaga las cuatrocientas alarmas del celular y repite a mi
oído “cinco minutitos más, cinco minutitos más e igual alcanzarás a llegar”.
Definitivamente, los políticos deberían contratarlo como jefe de campaña: por
primera vez en la historia convencerían a toda la población, incluyendo a los
que aún no nacen, y ganarían por goleada. Aunque, pensándolo bien, mejor no.
Cuando
vuelvo a abrir los ojos, ya ha transcurrido una bendita hora –realmente bendita–
y sólo tengo 30 minutos para ducharme, vestirme, maquillarme y tomar desayuno. Comprenderán
que, en el preciso instante en que salto de la cama, comienza mi análisis para
descartar lo menos importante, y siempre llego a la conclusión de que, salvo el
desayuno, los otros son ineludibles.
Una
vez que ya voy rauda por la calle, es clásico percatarme de que olvidé el
celular en el campo de batalla –alias cama– y que apenas llegue al trabajo
deberé enviar mails y señales de humo para que no cunda el pánico entre quienes
me quieren. Si no, corro el riesgo de que llamen a las fuerzas especiales para
que dirijan una operación de rastreo por todo Santiago, y eso sería bien triste,
ya que los soldaditos de verde harto trabajo tienen dispersando a los amigos
del cobre, del litio, de la Patagonia, de la educación, de la pesca artesanal,
los anti metro, y, realmente increíble, los anti frío. O peor aún, que envíen a
un agente de la CIA directo a tu departamento para comprobar que todavía sigues
con vida. Créanme, ya me sucedió una vez, y los cachetitos rosados de Betty
Boop no me los quita nadie.
A
medida que me acerco al trabajo observo cómo todos corren mirando el reloj, con
un café en la mano y una cara de angustia anteponiéndose al reto que les
propinará el jefe –si es que éste alcanzó a llegar antes– puesto que, al parecer,
el dios del sueño me engaña con varios. Por eso estoy pensando seriamente en reclutar
a sus opositores para que organicemos la primera marcha anti despertador. “¡Tuto
quiere el pueblo!” dirán los carteles.





