martes, 28 de junio de 2011

Esos extraños dibujitos

En mi reciente viaje a Concepción, al toparme de narices frente a un ejemplar de “Toda Mafalda”, recordé un pequeño cuento publicado en el Diario El Sur, un domingo 11 de marzo de 2007. Aquí se los dejo:

No faltaba más

“Cómo no te voy a querer, cómo no te voy a querer”, le cantan a la roja cuando va perdiendo 5-0. Pero Margarita lo decía con razón, cómo no iba a querer a Mafalda. Si había estado en todas, peor que perro faldero, compitiendo a diario con la mejor de sus amigas. 

La conoció cuando aún no alcanzaba el metro de altura y buscar ilustraciones en los libros era el mejor de los pasatiempos. Podía pasar horas revisando minuciosamente hoja por hoja hasta dar con alguna y, así, intentar dilucidar el misterio que se escondía tras ellas. Porque por cierto en ese entonces Margarita aún no sabía leer. Y cuando encontró ese libro de tapas plateadas lleno de extraños dibujitos, no existió mejor incentivo para aprender. De tanto leerlos, lo fue memorizando y de ahí no la abandonaron más, nunca más. Siempre recordaba alguno, estuviese donde estuviese, siempre había uno acorde a cada situación. Incluso, años más tarde, cuando perdió a uno de los que más quería, no faltó aquel que en un intento por consolarla le repitió lo de siempre: “No eres la única que sufre, piensa en los demás”, y otra vez apareció entre las sombras Mafalda junto a Felipe angustiado por la vuelta a clases… al diablo con los demás, ¿acaso no entienden que la angustia no es un conventillo?

miércoles, 15 de junio de 2011

Salen las nenas y comienza la fiesta

 
Todo indica que estoy situada en pleno “Santiago centro”, pero en ningún caso es el punto neurálgico de la capital, incluso podría ser una una esquina más de cualquier ciudad de provincia.

De día, la intersección de las calles Alonso de Ovalle y San Francisco es un lugar de paso. Un edificio de estacionamientos, locales de abarrotes, negocios de gasfitería junto con un paradero con destino a El Sauce, justifican los escasos transeúntes que deambulan por aquí. Sin embargo, una vez que la Luna despierta y el sonido de las micros se disipa hasta ser inaudible, aparece la cara oculta de toda urbe. A escasos metros de mi edificio, una antigua e incógnita casona abre sus puertas, salen las nenas y comienza la fiesta. Los taxis con visitas agolpan la entrada, mientras que en cada esquina extraños y oscuros personajes se protegen del frío observando fijamente, y esperando. 

Cuando la oscuridad es total y el alumbrado público simplemente no alumbra, cinco pisos arriba, en mi pequeño departamento de grandes ventanales, prefiero cerrar las cortinas: siempre existirán verdades que es mejor desconocer. Y todo esto, a una cuadra de la Alameda y tres de La Moneda.

jueves, 9 de junio de 2011

Un buen trayecto de la vida

La llevo grabada con fuego y no porque yo lo desee. "Se puede huir de todo, salvo de la búsqueda del amor y de la infancia". La primera vez que escuché esa frase estaba en clases de literatura y, en pleno análisis del libro "El amor en los tiempos del cólera", salió al tapete dicha verdad. Inmediatamente entendí algunas historias y no sólo mías.

Del amor no emitiré declaración, pero sí de la bendita infancia. Esos momentos que deberían ser para todos -casi como un decreto de la Constitución- recuerdos de pura y sana felicidad. Aunque aun así no se podría asegurar un mundo menos deplorable.

¿A qué viene tanto comentario? Pues a la sencilla razón de que visité la muestra de juguetes antiguos que se encuentra en el Palacio de la Moneda y recordé MI niñez. Y si bien es cierto que la mayoría de los modelos ubicados detrás de las vitrinas entretuvieron a otras generaciones -soy muy joven, señor juez-, desfilaron por mi mente esos instantes de extrema ingenuidad, cuando no alcanzaba las manillas de las puertas y creía que el mundo entero se regía bajo las nobles normas de mi hogar. Cuando pensaba que la vida se arreglaba mirando a los ojos y diciendo la verdad, o peor aún, cuando suponía que aquellos a los que amamos con las entrañas nos acompañarían toda la vida, o por lo menos, un buen trayecto de ella (más de dieciocho años, por favor, eso no es justo).

A pesar de lo feliz que fui en mi infancia, les aseguro que jamás volvería a ella: el golpe con la cruda realidad es demasiado fuerte y el tiempo de recuperación, demasiado largo.

lunes, 6 de junio de 2011

La ficción siempre será mejor

Debo reconocerlo. Las grandes sagas del cine que marcaron a varias generaciones nunca fueron mis favoritas. Tenía la idea de que eran súper producciones vacías, sin sentido, por eso – y a pesar de ver algunas – nunca les di una real oportunidad. Hasta este verano, cuando por esas vueltas del destino, me topé de frente con la versión remasterizada de Volver al Futuro.

Y vaya que estaba equivocada. Además de atraer mi atención a lo largo de todos sus minutos, la cinta logró convencerme: era mucho más que una simple historia futurista como yo pensaba, era y quizás sigue siendo la mejor película de ciencia ficción de la década.

Como las historias nunca terminan del todo, a la mía aún le faltaba una vuelta para completar el primero de sus muchos ciclos: hace un par de semanas conocí el Museo de la Moda, donde unos de sus principales atractivos es el modelo original del auto volador de Marty McFly en el filme que les menciono, sin embargo, apenas crucé el umbral, mi desilusión fue mayor.

Es cierto, el De Lorean estaba ahí, pero parecía de juguete, indefenso, con los cables a la vista, agradeciendo la protección que le brindaba el vidrio y que lo mantenía alejado de curiosos y malcriados. No era ni tan grande ni tan potente, era sólo un simple auto acondicionado para cumplir con las necesidades estéticas del director. Ni más ni menos.

Si alguien fue, o peor aún, sigue siendo fanático de la película, mejor que se abstenga de visitar la muestra: siempre será mejor quedarse con la imagen futurista de sus personajes intentando recomponer el presente. Les aseguro que la realidad es mucho más sencilla y triste.