domingo, 19 de febrero de 2012

Esos entrañables momentos del pasado


Quizás mi memoria me traicione, pero la primera vez que los vi fue en una exposición de juguetes antiguos que se realizó en La Moneda y, siendo sincera, me parecieron simples cartones con dibujos por lo que no les presté mayor atención. Al lado de coches antiguos, muñecas de principio de siglo y todo tipo de artefactos de madera, los Recortables Royal no lograban gran protagonismo.

Debieron contarme un par de historia para caer en cuenta que esos simples cartones –como me parecieron en un comienzo– eran los antecesores a aquellas cartulinas diseñadas que en más de una ocasión me facilitaron el trabajo en las clases de Técnico Manual, cuando aún cursaba la enseñanza media.

Con las lágrimas a punto de brotar, mi interlocutor comenzó a relatarme cómo, en su más tierna infancia, esos eran los tesoros más preciados que podían llegar a obtener, por los que eran capaces de privarse de golosinas y ahorrar durante semanas el vuelto del pan para adquirir uno y luego armar, con suma prolijidad, cada una de sus piezas.

Mientras escuchaba esas anécdotas, inundaron mi memoria las imágenes de niña, cuando junto a mi hermana, jugábamos tardes enteras a cambiar el orden de nuestra habitación para crear distintos refugios. Guardando las proporciones, supongo que debieron ser bastante similares las emociones de cortar y pegar para confeccionar esas viviendas con las de mover camas y cómodas para organizar un nuevo cuarto.

Varios meses después, los Recortables Royal volvieron a protagonizar una conversación. Con brillo en los ojos, una amiga nos narraba el descubrimiento de una librería que, detenida en el tiempo, aún los comercializaba. Sin pensarlo mucho y siguiendo todas sus instrucciones, me dirigí a la Avenida Matta para comprar de regalo un par de ejemplares.

Me costó dar con el local, sin ningún letrero publicitario pasaba completamente desapercibido entre el resto de los almacenes, pero apenas lo encontré y me enfrenté a sus vitrinas, entendí  que estaba ante un pequeño pedazo de nuestra historia. Tras tocar el timbre e ingresar, comprobé que cada uno de los objetos a la venta, incluso el papel para forrar cuadernos escolares, merecían un lugar destacado en las ferias de antigüedades. La librería era, definitivamente, el sitio ideal para los encargados de ambientar películas y series basadas en décadas pasadas.

Antes de marcharme, decidí  llevar dos recortables, un ejemplar para colorear y otro para aprender a leer.  Todo  sea por regresar al presente esos buenos momentos del  pasado.

viernes, 10 de febrero de 2012

Siempre se vuelve al primer amor




Mafalda contra la sopa, Malfalda y sus amigos, Mafalda analizando el mundo, Mafalda exigiendo un televisor, Mafalda ironizando de la vida, Mafalda de vacaciones, Mafalda junto a su hermano Guille, Mafalda en todos lados y todos los días.

Quienes me conocen bien, saben que mi fanatismo por este personaje caricaturesco de los años 60 nació cuando aún no sabía leer y fue una de las principales –si no la única– motivación para aprender. Tenía tan sólo seis años cuando –encaramada en una repisa de libros– di con él y ese segundo fue el instante preciso en que firmé un acuerdo de por vida de lealtad y compañía: habría una viñeta para cada momento de mi vida y yo recordaría a Mafalda y sus amigos en cada oportunidad que en que la realidad bailara un lento con la ficción.  

Y así fue. Siempre me acompañó. Y ni el tiempo ni los años lograron decantar mi  entusiasmo, tanto que en mi reciente periplo por Buenos Aires y contra la ley básica de todo viajero de transportar el menor peso posible, me atreví y compré “Todo Mafalda”.  Exactamente a la mitad del valor que se ofrece en las librerías nacionales, era una oportunidad que no podía desaprovechar.

No quise abrirla en el hotel, esperé llegar a mi casa para comenzar a revisar este compendio que condensa mis más lindos recuerdos de infancia. Esa época en que, aunque entendía menos de la mitad de sus páginas, no dejé de revisarlas una y otra vez, a la espera de que otro día, otra semana, otro mes, incluso otro año, su misterio se dilucidara y mi visión del mundo se abriera un poco más.

Ahora, sólo me queda leer y releer sus ilustraciones, recordarlas y añorar aquellos tiempos en que mi capacidad de asombro, perseverancia y fascinación no tenían límite alguno. 

La viñeta que ilustra esta entrada fue publicada  hace más de cuarenta años y  perfectamente se aplica a nuestros días.

miércoles, 8 de febrero de 2012

I want to ride my bicycle *



Vacaciones en Buenos Aires, 34 grados de calor, millones de lugares por visitar, barrios legendarios, librerías de viejos y de jóvenes, la alameda más grande del mundo, calles angostas y en pésimo estado, cansancio crónico de tanto caminar, ganas locas de no perder un minuto en la ciudad más bella de América Latina… ¿solución? ¡Pedalear en dos ruedas!

Gracias a que la llave electrónica de la habitación no funcionaba y debimos retrasar algunos minutos nuestro descanso esperando que nos dieran una pronta solución, comencé a revisar los clásicos folletos que se encuentran en la recepción de todo hotel. Eran muchos y de temas muy variados: descuentos para turistas, mapas de la urbe y shows de tangos, pero uno captó mi atención. Con la foto de un grupo de jóvenes pedaleando, La Bicicleta Naranja ofrecía atractivos tours por toda la ciudad.

Sin pensarlo más, decidimos aprovechar la oportunidad y nos dirigimos raudamente al mercado de San Telmo, donde se ubicaba la oficina en cuestión. Tras sortear una especie de terminal atestado de chucherías para timar al gringo y sus dólares, dimos con el local y arrendamos dos bicicletas que fueron nuestra salvación.

La Reserva Ecológica, Puerto Madero, el centro de la ciudad y las calles sin protagonismo en los itinerarios para viajeros conformaron nuestra ruta. Con el viento rozando los rostros y mitigando el calor sofocante, decidir las vías por dónde continuar el trayecto adquirió un significado de intrépida aventura, aunque la velocidad promedio fuese de tan sólo 20 kilómetros por hora.  

Como las bicicletas no eran de último modelo, debimos inyectar toda la energía para logar el cometido, principalmente en los caminos de tierra de la primera parada. La Reserva Ecológica es un paraíso para desconectarse y disfrutar del verdor que contrasta con ese gris ratón tan propio de los edificios. Este humedal, a pasos de la efervescencia propia de la metrópoli, cuenta con senderos demarcados con ripio y cómodos asientos a la sombra de los árboles, cada trescientos metros.

Luego, seguimos nuestra odisea por Puerto Madero, un lugar con tiendas y restaurantes carísimos y cuya vereda oriente fue construida pensando en los ciclistas y amantes de los patines: es de un cemento tan suave que el esfuerzo anteriormente administrado se mitiga considerablemente. No pudimos resistirnos a la tentación de cruzar el puente de La Mujer. Diseñado por Santiago Calatrava, este puente giratorio que evoca la imagen de una pareja bailando tango, fue una imagen que inmortalizamos arriba de nuestras bicis.

Nos costó  dar con una ciclovía que nos llevara de regreso, pero tras titubear por algunas calles, logramos encontrar una que nos llevó directo a la Casa Rosada, sin Evita, y de ahí a vagar – en el sentido más literal de la palabra – por esa capital llena de leyendas, pensando en cuántos personajes habrán transitado por ella, cuántos se habrán detenido a mirar esas construcciones que datan de otros siglos y que aún siguen en pie y, por sobre todo, cuántos habrán disfrutado hasta la médula de los huesos la esencia del lugar.  

Para coronar el paseo, de regreso presentamos dos cupones de descuento ofrecidos en el hotel y rebajamos considerablemente el valor de nuestro espectacular modo de conocer Buenos Aires. Definitivamente, Karl Drais – el descubridor de la bici – fue un genio.

* De la canción Bicycle Race de Queen.

martes, 7 de febrero de 2012

Para que después no termines compadeciéndote



Tokio Blues (Norwegian Wood), Haruki Murakami

"En este mundo hay gente que, a pesar de estar dotada de un talento excepcional, son incapaces de realizar el esfuerzo necesario para sistematizarlo, y su talento se acaba malogrando (…) ¿Por qué? Porque no se esfuerzan. Porque jamás les han inculcado el sentido de la disciplina. Porque los han estropeado. Y acaban concibiendo el tesón como una estupidez". 

En esta lección de vida pronunciada por Reiko, amiga del protagonista de Tokio Blues, se comprime una de las razones de la frustración que agobia a la sociedad actual: todos estamos provistos de dones únicos, pero la razón del éxito radica en que sólo unos pocos tienen el coraje de aceptar el rigor y la constancia como norma de subsistencia.

En Tokio Blues, de Haruki Murakami, el suicidio de Kizuki tiñe para siempre la vida de su novia Naoko y su mejor amigo Watabe. Tras el ingreso a la secundaria, los dos se reencuentran e inician una peculiar relación marcada por la incomunicación, para volver a distanciarse tras la repentina desaparición de Naoko. Watabe se refugia en la soledad – que no le incomoda mayormente – y sólo la aparición de la joven y extrovertida Midori junto a Hagasawa, camarada de la residencia, serán sus principales y, por qué no, únicas, distracciones y contactos con el mundo exterior. Ese mundo donde el amor y el sexo son amables compañeros.

A pesar de la melancolía que acompaña al protagonista, parece comprender a cabalidad el consejo que le ofrece Hagasawa: "No te compadezcas a ti mismo. Eso sólo lo hacen los mediocres". Y entiende que sólo queda salir adelante y encargarse de las decisiones: ese es el precio que se debe pagar al optar por la vida.

El libro cuenta, además, con una de las más notables lecciones de periodismo y narrativa: el único truco es escribir lo que otra persona no podría, sentencia Midori al explicar su trabajo como reseñadora de mapas:
    “- No hace falta escribir nada del otro mundo. (…) Basta con redactar algo decente. Anécdotas visuales, emotivas.
-        Sí, pero debes buscar todas esas anécdotas y no debe de ser fácil.
-        Tienes razón, pero si las buscas las encuentras. Y si no las encuentras, siempre puedes inventarte algo. Algo inofensivo, claro.”

En Tokio Blues, la soledad es la principal protagonista. Y sus personajes entienden que la única salida es aprender a vivir con ella.

jueves, 2 de febrero de 2012

Corrientes bajo 36 grados



Era nuestro último día en Buenos Aires, 36 grados asolaban las calles de la ciudad y el cansancio tras cinco días recorriendo la capital brotaba por nuestros poros y se notaba incluso en nuestra exhausta forma de caminar bajo ese sol aplastante.

Días previos a nuestra partida había divisado en una vieja librería el texto “Pudor”, de Santiago Roncagliolo, en perfecto estado y a sólo 20 pesos argentinos, unos dos mil pesos chilenos y, como no me decidí en aquel instante, sentía ahora –a minutos de que el transfer pasara por nosotros  para conducirnos al aeropuerto– que no podía marcharme sin antes haber intentado adquirir el libro. 

Entonces modificamos el recorrido de regreso al hotel y nos aventurarnos ante la posibilidad de que, un domingo cualquiera, las librerías estuvieran abiertas a la espera de turistas rezagados. Ni en la primera, segunda y tercera cuadra logramos dar con la tienda, la mayoría de los locales mantenían sus cortinas abajo y sólo los clásicos cafecitos y quioscos bonaerenses se daban el trabajo de alegrar la popular calle Corrientes. Recién en la cuarta vereda, cuando ya casi dábamos por perdida la búsqueda, reconocí los estantes, revisé un ejemplar que estuviera sellado y, sin pensarlo más, me dirigí a la caja para cancelar mi última adquisición del viaje.

Aún no comienzo a leerlo, pero veo con alegría cómo, junto a los otros libros que cruzaron la cordillera conmigo, continúan engrosando mi pequeña biblioteca personal. Tengo, además, la seguridad de que era una oportunidad única que no debía dejar pasar: en Chile no habría ocurrido, a menos que el libro fuera de tercera mano, estuviera sucio y  le faltara un par de hojas.