Nací en Santiago y durante mis primeros años de vida crecí en pleno centro, en esa intersección de calles con nombres de capitales europeas: París- Londres. Veinte años después, sin planearlo, sino más bien por los designios del destino, regresé a ese lugar.
Hoy vivo exactamente a una cuadra de mi ex hogar y cada vez que voy y vuelvo de mi trabajo, camino por sus calles de adoquines y fachadas que mezclan estilos neoclásico, barroco e -incluso- ciertos rasgos renacentistas, según los más entendidos. Por mis paseos diarios y por mi obvia fijación con este lugar es que concuerdo plenamente cuando definen a este barrio construido en la década de 1920, como un "oasis histórico dentro de la ciudad". No se equivocan, esa es la más certera de las descripciones, porque a pesar de intersectar la Alameda y morir apenas se encuentra con Alonso de Ovalle, el silencio de sus plazas y los recovecos de sus exactas cuatro cuadras parecieran decirnos que aún queda esperanza para todos aquellos que nos asustamos con las inmobiliarias y sus monstruosos engendros que devoran todo a su camino.
Coincido plenamente con la belleza del barrio, doña Beatriz. Siga escribiendo al respecto, que lo hace muy bien.
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