sábado, 14 de julio de 2012

¡Tuto quiere el pueblo!



Aunque me cueste reconocerlo, Morfeo es mi principal amigo-enemigo, una especie de “amigas y rivales” (amo y odio mi facilidad para dormir), mezclada con amigo imaginario (no he visto su cara, aunque tampoco lo he intentado) y unas gotitas de amiguita pastel (de esa que llama para contarte que la patearon por fresca justo cuando estás celebrando tu aumento de sueldo). 

En fin, la cosa es que todos los días –incluyendo sábados, domingos, feriados nacionales, año nuevo chino y natalicio del babyjisus– Morfeo ataca mi cama, apaga las cuatrocientas alarmas del celular y repite a mi oído “cinco minutitos más, cinco minutitos más e igual alcanzarás a llegar”. Definitivamente, los políticos deberían contratarlo como jefe de campaña: por primera vez en la historia convencerían a toda la población, incluyendo a los que aún no nacen, y ganarían por goleada. Aunque, pensándolo bien, mejor no.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, ya ha transcurrido una bendita hora –realmente bendita– y sólo tengo 30 minutos para ducharme, vestirme, maquillarme y tomar desayuno. Comprenderán que, en el preciso instante en que salto de la cama, comienza mi análisis para descartar lo menos importante, y siempre llego a la conclusión de que, salvo el desayuno, los otros son ineludibles.

Una vez que ya voy rauda por la calle, es clásico percatarme de que olvidé el celular en el campo de batalla –alias cama– y que apenas llegue al trabajo deberé enviar mails y señales de humo para que no cunda el pánico entre quienes me quieren. Si no, corro el riesgo de que llamen a las fuerzas especiales para que dirijan una operación de rastreo por todo Santiago, y eso sería bien triste, ya que los soldaditos de verde harto trabajo tienen dispersando a los amigos del cobre, del litio, de la Patagonia, de la educación, de la pesca artesanal, los anti metro, y, realmente increíble, los anti frío. O peor aún, que envíen a un agente de la CIA directo a tu departamento para comprobar que todavía sigues con vida. Créanme, ya me sucedió una vez, y los cachetitos rosados de Betty Boop no me los quita nadie.

A medida que me acerco al trabajo observo cómo todos corren mirando el reloj, con un café en la mano y una cara de angustia anteponiéndose al reto que les propinará el jefe –si es que éste alcanzó a llegar antes– puesto que, al parecer, el dios del sueño me engaña con varios. Por eso estoy pensando seriamente en reclutar a sus opositores para que organicemos la primera marcha anti despertador. “¡Tuto quiere el pueblo!” dirán los carteles. 

jueves, 12 de julio de 2012

Toda la culpa es de Dante


  Ni idea porqué fui yo – eso se le debe preguntar al destino que, en este caso, y en todos los casos, tiene mucho que aportar –, pero todo fue culpa de Dante Alighieri y su búsqueda inalcanzable por encontrar a esa mujer que le traería un poco de paz a cambio de un paseo eterno por el infierno.

  Me bautizaron como Beatriz gracias a la supuesta grandeza de la enamorada del autor de “La Divina Comedia” y con ello decidieron mi futuro antes de que me dignara a posar los pies en este mundo.

  Analizar la obra de Alighieri fue una de las tantas tareas universitarias que debió enfrentar mi mamá y, al encantarse con el personaje de la prometida, decidió honrar al italiano nombrando a su primera hija como tal. Debieron pasar varios años hasta que su primogénita naciera, pero el azar le exigió esperar un tiempo más – tiempo que sin duda podría haber sido infinito – antes de cumplir su objetivo. La tardanza terminó el 22 de junio de 1986, fecha en que llegué a revolucionar el pequeño mundo de mis padres y quizás, tal vez, algún otro. 

  Para una niña pequeña que recién comienza su camino, Beatriz es bastante duro, por lo que durante gran parte de mi niñez y adolescencia obedecí al cariñoso diminutivo de Beíta. Nada podía ser tan terrible cuando me llamaban así y escuchar a mi papá pronunciarlo era el mejor antídoto ante cualquier maña o pena infantil.

  Mi poco gusto por el colegio y las obvias razones que imposibilitaban a los profesores a nombrarme con mi entrañable diminutivo, acrecentó la muralla imaginaria que poco a poco fui construyendo y que dividía mi existencia en dos: Mientras Beatriz pasaba gran parte del día jugando el rol de alumna atenta y responsable; en la casa, Beíta recibía atención y cariño a mansalva, sin la más mínima dosificación.

  Con el paso de los años, el mapa del hogar cambió y ya no importó cómo me llamaran. Ahora debía enfrentarme a la realidad y ante ella me presentaba como Beatriz, a secas, porque realmente ningún otro nombre se antepone a mi apellido.

  Tiempo después, sin esperarlo, un nuevo apodo llegó a mi vida. Cual bailarina brasileña, Parcetiña irrumpió con todo el cariño que podía desear, y Parcetoña es uno de sus derivados que quedó plasmado para la posteridad (en un libro).

*Pintura de Henry Holiday titulada "Dante se encuentra con Beatriz en el Puente Santa Trinita".