Decir que el libro “Nuestros años de verde olivo”, de Roberto Ampuero, relata el desencanto que experimenta un militante de las Juventudes Comunistas al vivir en carne propia los vejámenes de los regímenes de izquierda, sería repetido y simple. Repetido porque al ser un libro publicado inicialmente en 1999 cuenta ya con varias reseñas y una más no vendría al caso. Y simple, porque basta con leer la contraportada para comprender que es un texto autobiográfico, donde el autor relata cómo, a fines de los años 70, fue uno de los tantos chilenos exiliados que se refugió en Alemania, para luego escapar al lugar que, en ese entonces, se suponía el más cercano al paraíso terrenal: Cuba.
Pero la esencia de la novela está quizás en las primeras páginas, cuando describe su desilusión y posterior huida al observar la fuga de los dirigentes políticos, segundos después de haber arengado a los más jóvenes a repeler las fuerzas militares con armas obsoletas. “El brinco sobre aquel muro, sin documentos que acreditaran mi militancia, adquirió a la postre un profundo contenido simbólico para mí. No sólo me había permitido salvar mi vida, sino también comprender que debía comenzar a disponer de ella”. En sencillas palabras, la mejor enseñanza que nos puede entregar el libro: haz de tu vida lo que te plazca, pero libre de partidos políticos, ideologías absurdas o dogmas religiosos. No permitas que nadie dirija tu existencia.
El resto, y sin desmerecerlo en lo más mínimo, es un continuo relato de las brutalidades más insospechadas que la historia se ha encargado de amparar hasta hoy y que poco a poco han salido a la luz pública: divisiones y traiciones al interior de los partidos, soplonaje y acusaciones injustificadas, matanzas al por mayor, corrupción, hambre, temor y decepción. Mucha decepción. Y todo en el nombre de la dignificación de los trabajadores, la libertad de los pueblos y la causa revolucionaria.
Ampuero realiza un mea culpa y reconoce que fue uno más de los tantos que cayeron embobados ante la falsa promesa de un futuro mejor, pero que – a diferencia de muchos – logró comprobar in situ y a tiempo que los ideales por los cuales tanto había luchado en su juventud no eran más que una simple y llana utopía. Y que, como toda utopía, jamás debieron salir de los libros, que es el único lugar donde no causan daño.
