¿Se han percatado de lo bello que es Santiago un día domingo? Y no hablo de los lugares típicos, como los parques y calles bohemias que los días soleados parecieran cobrar más vida o por lo menos caminan por ellos personas que los disfrutan. Me refiero a esa ciudad que durante la semana juega un rol importante en el quehacer de todos sus habitantes, pero que, una vez que el ajetreo cotidiano está momentáneamente en pausa, pierde protagonismo.
Cuando los locales bajan sus cortinas metálicas y los papeles de los edificios gubernamentales se encuentran más quietos que de costumbre, la ciudad muestra su real cara, no la más amable sino la más verídica, esa que sólo se atreve a exhibir sus cicatrices de guerra cuando baja la guardia y cree que nadie la observa. Esas marcas testifican que, para llegar a ser la gran urbe que hoy es, debió pasar por pequeñas grandes batallas que le dejaron una fuerte dicotomía entre lo antiguo y lo moderno, entre la memoria y el porvenir.
Recorrer sus calles eternas y vacías es como caminar por la espalda de un dragón dormido: tenemos que seguir nuestra marcha en silencio y muy atentos, sólo así descubriremos algunos de sus más íntimos secretos, porque una vez despierto, nada volverá a ser igual.